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martes, 7 de noviembre de 2017

Cien años para aprender tan poco (1917-2017) por Juan Manuel Vera

La conmemoración del centenario de la revolución rusa plantea algunas interesantes cuestiones sobre la identidad de lo que se ha llamado izquierda a lo largo del siglo veinte. También podría servir para comprender las razones por las que la herencia del octubre soviético no forma parte del arsenal de instrumentos para desarrollar las nuevas prácticas sociales de lucha contra el capitalismo neoliberal sino, más bien, una pesada losa histórica que dificulta la construcción de una alternativa al imaginario capitalista. 


Por supuesto, el punto de partida deberían ser los hechos históricos con su singularidad. Sin embargo, no es posible hablar de febrero y octubre de 1917 sin, al mismo tiempo, inscribir esa memoria histórica en lo que sabemos del poder bolchevique, del régimen de Stalin y sus sucesores y de la descomposición y hundimiento del bloque soviético entre 1989 y 1991. 

El examen de los hechos debería facilitar evitar la retórica y la teleología tan frecuentemente asociadas a octubre de 1917, acontecimiento casi olvidado como realidad histórica y que ha sido sustituido por una leyenda consolidada a lo largo del tiempo. 

El poder bolchevique 

La revolución rusa, la de febrero de 1917, supuso la caída del régimen zarista. Fue considerada como un gran acontecimiento liberador en la Europa devastada por la guerra entre las potencias dominantes del orden decimonónico. La caída del zarismo por una revolución democrática iluminó las esperanzas de millones de hombres y mujeres que habían sufrido la barbarie tan de cerca. La creación de consejos, soviets de obreros, campesinos, vecinos y soldados, como expresión de la auto-organización social revolucionaria, que ya habían aparecido embrionariamente en la revolución de 1905, marcaba una forma de afrontar desde abajo la debacle del orden político que había lleva a la Gran Guerra. Grandes sectores del movimiento obrero occidental vivieron con gran atracción ese momento histórico. 

En esa perspectiva ilusionante fue, también, contemplada la toma del poder por los bolcheviques en octubre de 1917, que aparecía como una culminación del proceso revolucionario iniciado en febrero. Sus aspectos centrales eran la lucha por la paz, la reforma agraria y el establecimiento de un poder democrático basado en el poder de los soviets. Esa posibilidad de conquista del poder por los de abajo suscitó una conmoción universal y una gran corriente de simpatía entre las corrientes tanto socialistas como anarquistas del movimiento obrero. También alimentaría en los años siguientes amplios movimientos revolucionarios basados en consejos o soviets en muchos países europeos desde Baviera a Hungría, desde Finlandia al norte de Italia). 

Pero aquí nos encontramos con la primera antinomia de la revolución rusa, el primer equívoco que persiste hasta nuestros días. La conquista del poder por los bolcheviques fue identificada con el establecimiento de un poder de los soviets. Pero esa equiparación fue una trampa desde el primer momento. Octubre no fue el triunfo de los soviets sino el triunfo de los bolcheviques, lo cual es radicalmente diferente. 

La insurrección bolchevique, previa al Congreso de los Soviets, pretendía situar a éste ante un hecho consumado. La concepción de Lenin y los bolcheviques sobre los soviets era instrumental, como lo era su consigna de Todo el poder a los soviets. No consideraban realmente que fuera una forma instituyente de gobierno democrático desde abajo sino un mero medio en la estrategia insurreccional. Por ello, como señalaba Castoriadis, existió una única revolución, la de febrero, porque octubre no fue una revolución, en el profundo sentido del concepto, sino la toma del poder por un partido. 

Nada más ajeno a la concepción bolchevique que una alternancia en un poder soviético con otras fuerzas políticas. Lenin consideró la conquista del poder como un triunfo definitivo y no concebía una institucionalidad que pudiera conllevar a su desalojo si no era por la fuerza. Por ello hicieron todo lo que consideraron necesario para conservarlo. 

El poder bolchevique se orientó ab initio a una dictadura de partido. En los primeros meses, se produjo la eliminación de la libertad de expresión (salvo, todavía, dentro del partido), la ilegalización de partidos soviéticos, la disolución de la Asamblea Constituyente, la conversión de los soviets en meros instrumentos de gestión administrativa controlados por el partido, etc. Todos esos fueron pasos decididos y ejecutados desde el principio. 

La creación de la Checa fue otra decisión inicial decisiva para la instauración de un poder no sometido a ningún control ni a ningún límite. Víctor Serge describió ese momento como un punto de inflexión en la evolución del poder bolchevique, y creo que le asistía toda la razón. 

Rosa Luxemburgo contempló muy críticamente esos primeros pasos del poder bolchevique. Su excepcional opúsculo La revolución rusa, escrito en 1918, constituye un documento imprescindible para comprender como el bolchevismo se separaba en su práctica de cualquier forma de ejercicio concreto de la soberanía nacional por el pueblo o los trabajadores, algo completamente ajeno a lo que la socialdemocracia revolucionaria había sostenido. 

Para los bolcheviques el poder instituyente no residía en el conjunto de la nación, ya que contemplaban a la gran masa campesina como el terreno baldío que había permitido a la persistencia del zarismo. Pero tampoco atribuían el poder instituyente a los órganos de poder nacidos desde abajo. 

Lenin concebía al partido como un apoderado plenipotenciario no de unos trabajadores concretos sino de los intereses de una clase obrera universal. El determinismo histórico constituye un elemento central de la concepción marxista básica tal y como fue asimilada por la dirección bolchevique. La sacralización del partido como vehículo histórico de los intereses de una clase confería a sus dirigentes la soberanía última no sólo para efectuar una insurrección sino, también, para el ejercicio de un poder sin límites. El nuevo Estado se legitima porque tiene una misión histórica y de esa misión se deriva la posibilidad de un ejercicio sin límites del poder del Estado porque hay una élite (la vanguardia revolucionaria, el partido leninista) que posee una ciencia del poder. 

El sistema estalinista 

La intervención extranjera y la guerra civil dieron lugar a un creciente aislamiento del poder bolchevique. En respuesta al terror blanco aplicó el terror rojo frente a sus adversarios. Lo aplicó alejado de cualquier límite o control, incluyendo las represalias colectivas por origen social, étnico o relación familiar. 

La prohibición de las tendencias en el X Congreso del Partido Comunista acabó con el debate dentro del partido único y la represión despiadada de los insurrectos de Kronstadt y contra los mencheviques y anarquistas, acabo de sellar la naturaleza autoritaria del poder bolchevique. 

Indudablemente, la creación de la checa, la dinámica monolítica del partido y la utilización del terror generaron desde los primeros años veinte una maquinaria infernal que allanó el camino sobre el cual Stalin consiguió implantar su régimen. Desde el punto de vista social Stalin apoyó su conquista del poder en una estructura burocrática expandida aceleradamente, con la incorporación de decenas de miles de nuevos bolcheviques, muchos de origen obrero, con una cultura de sometimiento completo a los jefes. 

En poco tiempo se produjo la transición del poder autoritario bolchevique a una forma de totalitarismo que sometió, durante décadas, a millones de personas a un régimen de dominación total y que fue exportado con éxito a otros países tras la toma del poder por los partidos estalinistas. 

El régimen de Stalin fue durante más tres décadas un régimen de terror de masas aplicado en frío. La colectivización forzosa supuso en el período 1930-1933 una experiencia monstruosa de ingeniería social destructiva que ocasionó la muerte de millones de personas a través de la hambruna generada, casi programada, en Ucrania y otras regiones de la URSS. El año 1937, el año del gran terror, supuso más de 700.000 ejecuciones sin juicio. En esas décadas, la deportación y los trabajos forzados en el sistema concentracionario del Gulag afectaron a muchos millones de personas. 

El estalinismo constituyó una novedad histórica capaz de consolidar durante un largo período una forma totalitaria de comunismo-capitalismo de Estado, gobernado por una burocracia estratificada que utilizaba como retórica de su dominio apelaciones al socialismo y a la clase obrera. El triunfo de Stalin no puede considerarse un mero accidente. Tampoco puede entenderse como tal la implantación de un sistema totalitario que consiguió expandirse después de 1945 al Este de Europa y que constituyó el ejemplo para el establecimiento del régimen maoísta en China, así como de los regímenes estalinistas de Vietnam, Corea del Norte y Camboya. La creación totalitaria estalinista ha marcado el, siglo veinte tanto o más que los totalitarismos fascistas. 

Tras la muerte de Stalin, el sistema soviético abandonó el terror de masas, propio de la fase de delirio totalitario, para establecer una forma de poder tutelada por una potente casta militar, un régimen estratocrático, con fuertes componentes totalitarios, que, como sabemos, fue incapaz de soportar el paso del tiempo y su aislamiento social y se derrumbó para dar paso a la conversión de la burocracia estatal en el germen de la nueva clase capitalista neoliberal del actual régimen autoritario de Putin. 

Después del hundimiento del sistema soviético 

En el centenario de la revolución rusa es extraño llegar a leer alguna legitimación directa del estalinismo. En cambio, resulta frecuente encontrarse con legitimaciones indirectas, asociándole a una forma de modernización de un país atrasado, al antifascismo que permitió la derrota del Eje en 1945, al anticolonialismo e, incluso, a la aparición del Estado del Bienestar en Europa Occidental. Esos argumentos, un tanto sofísticos, se basan en una serie de olvidos clamorosos y, en bastantes casos, en la renuncia a contraponer debe y haber, costes y resultados. Olvidan que la modernización soviética debe ponerse frente a frente con el brutal coste humano, social y ecológico que produjo, y en comparación con otras vía de “modernización” menos brutales. Olvidan, por ejemplo, que 1945 supuso el fin de un totalitarismo, pero también, la expansión de otro, los regímenes estalinianos. Olvidan que las fuentes auténticas del anticolonialismo residen en las movilizaciones masivas de los pueblos y que la influencia del estalinismo lo que favoreció fue, precisamente, la afloración de movimientos autoritarios y la articulación de los estados nacientes mediante modelos orientados, en muchos casos, al partido único y a formas despóticas que han dado lugar a muchos Estados fallidos. Olvidan que el pacto social que hizo posible lo que se ha dado en llamar Estado de Bienestar fue posible por la fuerza del movimiento sindical y como un claro contra-modelo al despotismo de los regímenes soviéticos. 

En mi opinión, la herencia de estos cien años del Octubre soviético deja pocos aspectos positivos para la reconstrucción de un proyecto emancipatorio. En primer y fundamental lugar, porque el balance de sufrimiento humano ocasionado por los regímenes que se reclamaban soviéticos es atroz. 

Por otra parte, la herencia, la sombra del pasado también se puede reconocer en unas formas de concebir la izquierda con una sorprendente fascinación por el poder y la violencia, por el verticalismo y el autoritarismo, incluyendo el apoyo a dictaduras “progresistas”. El culto a los líderes, el instinto oligárquico y una gran desconfianza por la auto-organización de la sociedad son los corolarios de unas concepciones que, aunque en crisis, aún están presentes en las formas de organización y en la cosmovisión vital de la izquierda, incluso en las nuevas formaciones nacidas en los últimos años. 

La vacuna contra esos rasgos no consiste en un indefinido regreso a ninguna fuente original y, mucho menos, a la leyenda de un Octubre ruso malinterpretado en su génesis y en sus consecuencias. 

La fuente viva se encuentra en la impregnación de la necesidad democrática más completa, en la confianza en la auto-organización social y en el aprendizaje de los movimientos sociales que en las últimas décadas han cuestionado el orden neoliberal y el absurdo camino a ninguna parte del productivismo capitalista. 

No hay que mirar hacia el pasado ni hacia arriba. Miremos hacia el futuro desde abajo. 


EL GOBIERNO DEL PP INFLA SU PRESUPUESTO DE AYUDA AL DESARROLLO

España es el país europeo que más infla su presupuesto de ayuda al desarrollo. El falseamiento de cifras supone en nuestro país más de la mitad de los recursos destinados a este tipo de ayudas

España continúa sin cumplir sus compromisos económicos de ayuda al desarrollo. A pesar del notable avance que muestran los datos de AOD (Ayuda Oficial al Desarrollo) durante último año, nuestro país se sitúa a la cabeza de la UE en cuanto a porcentaje de “ayuda inflada” con respecto al volumen presupuestario total destinado a esta materia. Un falseamiento de las cifras, a través de la inclusión de partidas que en modo alguno ofrecen apoyo económico directo a los países receptores, que en España supone más de la mitad de los recursos dedicados a este tipo de ayudas.

El informe Aid Watch 2017, publicado por la organización CONCORD denuncia la expansión de este porcentaje de “ayuda inflada” entre gran parte de los países de la UE. Una práctica que aleja a los Estados miembro del cumplimiento real del objetivo –aun así lejano- de destinar el 0,7% de su INB a AOD, establecido en la Agenda 2030 de las Naciones Unidas.

El documento de CONCORD destaca como más de la mitad del incremento en estas ayudas durante los dos últimos años por parte de la UE –hasta alcanzar los 75,46 millones en 2016- corresponde a “ayuda inflada”, es decir, no relacionada con inversiones “genuinamente” destinadas AOD. Una desviación de los objetivos primigenios de este tipo de ayudas, materializado principalmente a través del pago de deuda exterior, el control de la migración y la expansión comercial, que representó el 20% de la AOD total declarada por la UE el pasado año.

Esta “ayuda inflada” es señalada como la causa principal de los significativos aumentos registrados a lo largo de los últimos años. Un incremento de la AOD que se hizo palpable en 23 de los 28 Estados miembros durante 2016 -alcanzando el 25% en diez de ellos-, y que sin embargo tan solo ha permitido la incorporación de Alemania al denominado “Club del 0,7%”, formado por aquellos países donantes cumplidores de las promesas de ayuda, que completan Dinamarca, Luxemburgo, Suecia y el ya ex comunitario Reino Unido. De entre ellos, el informe tan solo destaca la actuación de Luxemburgo y Suecia como los dos únicos países cuya inversión fue destinada a lograr un impacto “genuino” en los países destinatarios de la ayuda. El resto de países de la UE, no solo se sitúan lejos aún del objetivo del 0,7% comprometido internacionalmente –con una media comunitaria que asciende actualmente a tan solo el 0,5% del INB-, sino que en su gran mayoría presentan alarmantes niveles de “ayuda inflada” para el desarrollo.

España representa el ejemplo más evidente del fracaso en los mecanismos de control y fiscalización de los programas de AOD. Nuestro país es líder de la UE en “ayuda inflada”, con un 53% de ayuda española contabilizada durante 2016 perteneciente a esta categoría. Datos que contrastan con el ya elevado 20% comunitario, y que explican el notable avance que experimentó la ayuda española en tan solo un año, tras terminar el anterior ejercicio a la cola europea en cuanto a AOD, con un escaso 0,12%. La principal causa de este falseamiento de los datos de ayuda al desarrollo se encuentra en la operación de cancelación de la deuda histórica de España con Cuba: el denominado “soufflé cubano”. Una inversión de 1.950 millones de euros destinados durante este período a sufragar la deuda con el país caribeño, en detrimento de ayudas de apoyo real al desarrollo de países pobres, que representan en torno a la mitad del gasto español en AOD durante 2016. Sin dicha operación, la parte genuina de la ayuda se limitó a 1.686 millones, nivel todavía lejano a los 4.750 millones -0,45% del INB- de antes de la crisis y, por supuesto, del 0,7% comprometido.

Otra de las prácticas más características de este inflamiento de la AOD, y la más extendida entre los Estados miembro, es la incorporación de los costes derivados del asilo de refugiados como parte de esta ayuda al desarrollo. Los datos de CONCORD muestran que estas partidas presupuestarias están detrás del 30% del aumento total de la ayuda de la UE en 2016 –y más del 45% desde 2014-, representando 1 de cada 7 euros invertidos en AOD por parte de la UE. La distribución por países nos da muestra de en qué medida los diferentes gobiernos comunitarios se han aprovechado de esta circunstancia para inflar sus cifras de ayudas. De entre los 28 Estados miembro de la UE, tan solo Chipre, Croacia y Luxemburgo no inflaron su AOD a través de esta práctica, y hasta cuatro de ellos -Grecia (83,1%), Italia (71,4%), Bulgaria (69,2%) y Austria (61,5%)- superaron el 60% de gasto de su ayuda bilateral en el coste de la manutención refugiados en su propio territorio.

Del mismo modo, el informe denuncia de forma particular el caso de Alemania, cuya inclusión como parte de los países cumplidores del 0,7% viene sustentada fundamentalmente por un 25% de este gasto procedente de la inversión en el coste del asilo de refugiados. 

De esta forma, el país germano, al igual que otros, se convirtió en el principal recetor de su propia ayuda internacional. Un modelo que CONCORD denuncia como engañoso, ya que “poco que ver con la ayuda al desarrollo y no se relaciona directamente con el propósito principal de la AOD, que debe ser luchar contra la pobreza en países en desarrollo”.
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Espacio de información realizado con la colaboración del Observatorio Social de “la Caixa”.

AUTOR: Carlos H. de Frutos

lunes, 19 de junio de 2017

NUESTRA SOLIDARIDAD CON EL PUEBLO PORTUGUÉS


"En el crepúsculo de la memoria volveremos a reunirnos, volveremos a hablar juntos, y cantaremos juntos un canto más profundo: y si nuestras manos vuelven a encontrarse en otro sueño, construiremos otra torre en el cielo..."

Khalil Gibran...

Queremos mostrar nuestro apoyo al pueblo portugués en este doloroso momento debido a los tremendos incendios que están sufriendo y un abrazo emocionado a las familias de las víctimas.