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viernes, 8 de diciembre de 2017

Llega a Madrid exposición “Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos”

La exposición “Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos” llegó a Madrid para dar a conocer piezas e imágenes inéditas con las que muestra el horror sufrido en ese campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial.


El Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid presenta del 1 de diciembre al 17 de junio de 2018 más de 600 objetos originales, en lo que es el primer destino internacional de esta muestra itinerante que en próximos años visitará otras seis ciudades europeas y siete de Estados Unidos.

La exposición, creada junto a la entidad española Musealia y el Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau, y más de 20 instituciones internacionales y colecciones privadas, reúne piezas originales como un vagón de tren en que se transportaban a deportados a ese campo de concentración.

Asimismo, destaca el exterior de un barracón original del subcampo Auschwitz III-Monowitz, así como una mesa de operaciones para los experimentos médicos, material diverso, pertenencias y uniformes de los presos.

En un total de 25 salas se explica desde la localización de Auschwitz en el mapa actual de Europa, su lugar dentro de Polonia, las conexiones con otros campos de concentración, y con maquetas detalla la estructura interna de lo que fue el principal centro de exterminio del Holocausto.

Con imágenes fotográficas, audiovisuales y testimonios de supervivientes, se da a conocer cómo era la vida en el lugar, los trabajos forzados a los que estaba sometidos los presos y deportados, y el asesinato de miles de personas.

Además, se incorporan imágenes tomadas por oficiales de las SS Nazis y empleadas alemanas, cuyo esparcimiento en el lugar contrastaba con lo que ocurría en el interior de los barracones donde fueron asesinados miles de judíos, gitanos, homosexuales y preso de diversa índole.

La muestra es comisariada por el historiador y experto Robert Jan van Pelt; el académico estadounidense Michael Berenbaum; el académico del Centro de Educación sobre Holocausto de la University College London, Paul Salmons, y el equipo de investigadores del Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau.

martes, 7 de noviembre de 2017

Cien años para aprender tan poco (1917-2017) por Juan Manuel Vera

La conmemoración del centenario de la revolución rusa plantea algunas interesantes cuestiones sobre la identidad de lo que se ha llamado izquierda a lo largo del siglo veinte. También podría servir para comprender las razones por las que la herencia del octubre soviético no forma parte del arsenal de instrumentos para desarrollar las nuevas prácticas sociales de lucha contra el capitalismo neoliberal sino, más bien, una pesada losa histórica que dificulta la construcción de una alternativa al imaginario capitalista. 


Por supuesto, el punto de partida deberían ser los hechos históricos con su singularidad. Sin embargo, no es posible hablar de febrero y octubre de 1917 sin, al mismo tiempo, inscribir esa memoria histórica en lo que sabemos del poder bolchevique, del régimen de Stalin y sus sucesores y de la descomposición y hundimiento del bloque soviético entre 1989 y 1991. 

El examen de los hechos debería facilitar evitar la retórica y la teleología tan frecuentemente asociadas a octubre de 1917, acontecimiento casi olvidado como realidad histórica y que ha sido sustituido por una leyenda consolidada a lo largo del tiempo. 

El poder bolchevique 

La revolución rusa, la de febrero de 1917, supuso la caída del régimen zarista. Fue considerada como un gran acontecimiento liberador en la Europa devastada por la guerra entre las potencias dominantes del orden decimonónico. La caída del zarismo por una revolución democrática iluminó las esperanzas de millones de hombres y mujeres que habían sufrido la barbarie tan de cerca. La creación de consejos, soviets de obreros, campesinos, vecinos y soldados, como expresión de la auto-organización social revolucionaria, que ya habían aparecido embrionariamente en la revolución de 1905, marcaba una forma de afrontar desde abajo la debacle del orden político que había lleva a la Gran Guerra. Grandes sectores del movimiento obrero occidental vivieron con gran atracción ese momento histórico. 

En esa perspectiva ilusionante fue, también, contemplada la toma del poder por los bolcheviques en octubre de 1917, que aparecía como una culminación del proceso revolucionario iniciado en febrero. Sus aspectos centrales eran la lucha por la paz, la reforma agraria y el establecimiento de un poder democrático basado en el poder de los soviets. Esa posibilidad de conquista del poder por los de abajo suscitó una conmoción universal y una gran corriente de simpatía entre las corrientes tanto socialistas como anarquistas del movimiento obrero. También alimentaría en los años siguientes amplios movimientos revolucionarios basados en consejos o soviets en muchos países europeos desde Baviera a Hungría, desde Finlandia al norte de Italia). 

Pero aquí nos encontramos con la primera antinomia de la revolución rusa, el primer equívoco que persiste hasta nuestros días. La conquista del poder por los bolcheviques fue identificada con el establecimiento de un poder de los soviets. Pero esa equiparación fue una trampa desde el primer momento. Octubre no fue el triunfo de los soviets sino el triunfo de los bolcheviques, lo cual es radicalmente diferente. 

La insurrección bolchevique, previa al Congreso de los Soviets, pretendía situar a éste ante un hecho consumado. La concepción de Lenin y los bolcheviques sobre los soviets era instrumental, como lo era su consigna de Todo el poder a los soviets. No consideraban realmente que fuera una forma instituyente de gobierno democrático desde abajo sino un mero medio en la estrategia insurreccional. Por ello, como señalaba Castoriadis, existió una única revolución, la de febrero, porque octubre no fue una revolución, en el profundo sentido del concepto, sino la toma del poder por un partido. 

Nada más ajeno a la concepción bolchevique que una alternancia en un poder soviético con otras fuerzas políticas. Lenin consideró la conquista del poder como un triunfo definitivo y no concebía una institucionalidad que pudiera conllevar a su desalojo si no era por la fuerza. Por ello hicieron todo lo que consideraron necesario para conservarlo. 

El poder bolchevique se orientó ab initio a una dictadura de partido. En los primeros meses, se produjo la eliminación de la libertad de expresión (salvo, todavía, dentro del partido), la ilegalización de partidos soviéticos, la disolución de la Asamblea Constituyente, la conversión de los soviets en meros instrumentos de gestión administrativa controlados por el partido, etc. Todos esos fueron pasos decididos y ejecutados desde el principio. 

La creación de la Checa fue otra decisión inicial decisiva para la instauración de un poder no sometido a ningún control ni a ningún límite. Víctor Serge describió ese momento como un punto de inflexión en la evolución del poder bolchevique, y creo que le asistía toda la razón. 

Rosa Luxemburgo contempló muy críticamente esos primeros pasos del poder bolchevique. Su excepcional opúsculo La revolución rusa, escrito en 1918, constituye un documento imprescindible para comprender como el bolchevismo se separaba en su práctica de cualquier forma de ejercicio concreto de la soberanía nacional por el pueblo o los trabajadores, algo completamente ajeno a lo que la socialdemocracia revolucionaria había sostenido. 

Para los bolcheviques el poder instituyente no residía en el conjunto de la nación, ya que contemplaban a la gran masa campesina como el terreno baldío que había permitido a la persistencia del zarismo. Pero tampoco atribuían el poder instituyente a los órganos de poder nacidos desde abajo. 

Lenin concebía al partido como un apoderado plenipotenciario no de unos trabajadores concretos sino de los intereses de una clase obrera universal. El determinismo histórico constituye un elemento central de la concepción marxista básica tal y como fue asimilada por la dirección bolchevique. La sacralización del partido como vehículo histórico de los intereses de una clase confería a sus dirigentes la soberanía última no sólo para efectuar una insurrección sino, también, para el ejercicio de un poder sin límites. El nuevo Estado se legitima porque tiene una misión histórica y de esa misión se deriva la posibilidad de un ejercicio sin límites del poder del Estado porque hay una élite (la vanguardia revolucionaria, el partido leninista) que posee una ciencia del poder. 

El sistema estalinista 

La intervención extranjera y la guerra civil dieron lugar a un creciente aislamiento del poder bolchevique. En respuesta al terror blanco aplicó el terror rojo frente a sus adversarios. Lo aplicó alejado de cualquier límite o control, incluyendo las represalias colectivas por origen social, étnico o relación familiar. 

La prohibición de las tendencias en el X Congreso del Partido Comunista acabó con el debate dentro del partido único y la represión despiadada de los insurrectos de Kronstadt y contra los mencheviques y anarquistas, acabo de sellar la naturaleza autoritaria del poder bolchevique. 

Indudablemente, la creación de la checa, la dinámica monolítica del partido y la utilización del terror generaron desde los primeros años veinte una maquinaria infernal que allanó el camino sobre el cual Stalin consiguió implantar su régimen. Desde el punto de vista social Stalin apoyó su conquista del poder en una estructura burocrática expandida aceleradamente, con la incorporación de decenas de miles de nuevos bolcheviques, muchos de origen obrero, con una cultura de sometimiento completo a los jefes. 

En poco tiempo se produjo la transición del poder autoritario bolchevique a una forma de totalitarismo que sometió, durante décadas, a millones de personas a un régimen de dominación total y que fue exportado con éxito a otros países tras la toma del poder por los partidos estalinistas. 

El régimen de Stalin fue durante más tres décadas un régimen de terror de masas aplicado en frío. La colectivización forzosa supuso en el período 1930-1933 una experiencia monstruosa de ingeniería social destructiva que ocasionó la muerte de millones de personas a través de la hambruna generada, casi programada, en Ucrania y otras regiones de la URSS. El año 1937, el año del gran terror, supuso más de 700.000 ejecuciones sin juicio. En esas décadas, la deportación y los trabajos forzados en el sistema concentracionario del Gulag afectaron a muchos millones de personas. 

El estalinismo constituyó una novedad histórica capaz de consolidar durante un largo período una forma totalitaria de comunismo-capitalismo de Estado, gobernado por una burocracia estratificada que utilizaba como retórica de su dominio apelaciones al socialismo y a la clase obrera. El triunfo de Stalin no puede considerarse un mero accidente. Tampoco puede entenderse como tal la implantación de un sistema totalitario que consiguió expandirse después de 1945 al Este de Europa y que constituyó el ejemplo para el establecimiento del régimen maoísta en China, así como de los regímenes estalinistas de Vietnam, Corea del Norte y Camboya. La creación totalitaria estalinista ha marcado el, siglo veinte tanto o más que los totalitarismos fascistas. 

Tras la muerte de Stalin, el sistema soviético abandonó el terror de masas, propio de la fase de delirio totalitario, para establecer una forma de poder tutelada por una potente casta militar, un régimen estratocrático, con fuertes componentes totalitarios, que, como sabemos, fue incapaz de soportar el paso del tiempo y su aislamiento social y se derrumbó para dar paso a la conversión de la burocracia estatal en el germen de la nueva clase capitalista neoliberal del actual régimen autoritario de Putin. 

Después del hundimiento del sistema soviético 

En el centenario de la revolución rusa es extraño llegar a leer alguna legitimación directa del estalinismo. En cambio, resulta frecuente encontrarse con legitimaciones indirectas, asociándole a una forma de modernización de un país atrasado, al antifascismo que permitió la derrota del Eje en 1945, al anticolonialismo e, incluso, a la aparición del Estado del Bienestar en Europa Occidental. Esos argumentos, un tanto sofísticos, se basan en una serie de olvidos clamorosos y, en bastantes casos, en la renuncia a contraponer debe y haber, costes y resultados. Olvidan que la modernización soviética debe ponerse frente a frente con el brutal coste humano, social y ecológico que produjo, y en comparación con otras vía de “modernización” menos brutales. Olvidan, por ejemplo, que 1945 supuso el fin de un totalitarismo, pero también, la expansión de otro, los regímenes estalinianos. Olvidan que las fuentes auténticas del anticolonialismo residen en las movilizaciones masivas de los pueblos y que la influencia del estalinismo lo que favoreció fue, precisamente, la afloración de movimientos autoritarios y la articulación de los estados nacientes mediante modelos orientados, en muchos casos, al partido único y a formas despóticas que han dado lugar a muchos Estados fallidos. Olvidan que el pacto social que hizo posible lo que se ha dado en llamar Estado de Bienestar fue posible por la fuerza del movimiento sindical y como un claro contra-modelo al despotismo de los regímenes soviéticos. 

En mi opinión, la herencia de estos cien años del Octubre soviético deja pocos aspectos positivos para la reconstrucción de un proyecto emancipatorio. En primer y fundamental lugar, porque el balance de sufrimiento humano ocasionado por los regímenes que se reclamaban soviéticos es atroz. 

Por otra parte, la herencia, la sombra del pasado también se puede reconocer en unas formas de concebir la izquierda con una sorprendente fascinación por el poder y la violencia, por el verticalismo y el autoritarismo, incluyendo el apoyo a dictaduras “progresistas”. El culto a los líderes, el instinto oligárquico y una gran desconfianza por la auto-organización de la sociedad son los corolarios de unas concepciones que, aunque en crisis, aún están presentes en las formas de organización y en la cosmovisión vital de la izquierda, incluso en las nuevas formaciones nacidas en los últimos años. 

La vacuna contra esos rasgos no consiste en un indefinido regreso a ninguna fuente original y, mucho menos, a la leyenda de un Octubre ruso malinterpretado en su génesis y en sus consecuencias. 

La fuente viva se encuentra en la impregnación de la necesidad democrática más completa, en la confianza en la auto-organización social y en el aprendizaje de los movimientos sociales que en las últimas décadas han cuestionado el orden neoliberal y el absurdo camino a ninguna parte del productivismo capitalista. 

No hay que mirar hacia el pasado ni hacia arriba. Miremos hacia el futuro desde abajo. 


AL FINAL NOS HAREMOS FÚTBOLEROS: LA TRICOLOR EN LA SELECCIÓN

La camiseta de la selección de con los colores de la bandera republicana es una vieja aspiración de los nostálgicos de la II República. La Tienda Republicana vende por 35 euros una versión en la que el morado ha desplazado a la manga el carmesí característico de “La Roja”. Lo dicho: un guiño de tintes reivindicativos.


Lo que nadie esperaba es que la camiseta oficial que lucirá la selección española en el Mundial de Fútbol de 2018 traiga de serie los colores de la tricolor: rojo, amarillo y morado. Maticemos: no es que algún quintacolumnista republicano se haya colado en el equipo de diseño de Adidas. En realidad, han tenido un fallo de “primero de cromatismo”: al combinar una franja azul a rombos difuminada sobre el fondo rojo, el resultado tiene la apariencia del morado, un inopinado guiño a la II República que no ha pasado desapercibido al muy monárquico diario ABC:

“El objetivo de Adidas, patrocinador técnico de la selección, con la inclusión de esa doble franja de formada por diamantes amarillos y azules, era recordar la equipación que España lució en el Mundial de 1994 en los Estados Unidos. Sin embargo, la mezcla de esos colores con el fondo rojo de la elástica, que hace que el azul parezca morado, recuerda los tonos de la bandera de la Segunda República Española.”

De todos modos, y antes de que los futbolistas se arranquen a cantar el himno de Riego, vale la pena recordar que la tercera equipación de la selección española de aquella temporada 94-95 era aún más republicana que la actual, si bien es cierto que en aquella época al Borbón aún se le conocía como “el rey campechano” y no el “hijueputa valiente que va matando elefantes”.

La noticia está en la siguiente dirección:  http://blogs.publico.es/strambotic/2017/11/adidas-seleccion-republicana/

lunes, 21 de agosto de 2017

100 AÑOS: Tácticas y estrategias de la Revolución


Como señala el Profesor Fontana, el centenario de la Revolución Rusa de octubre de 1917, debe servir para “sacar lecciones útiles para un presente de desconcierto e incertidumbre”. Yo añadiría, además, para comprender mejor las derrotas revolucionarias desde entonces. 


Aunque la lucha de clases se expresa siempre de forma concreta y todas las revoluciones bajo el capitalismo industrial son distintas, todas tienen fundamentos políticos similares. No todas las situaciones revolucionarias terminan en revolución, de la misma manera que no toda revolución culmina en victoria. De hecho, la mayor parte de las revoluciones del siglo XX han sido derrotadas. La excepcionalidad histórica de Rusia en 1917 es que se producen las tres circunstancias. Las dos primeras como hechos objetivos desde la Revolución de Febrero: explosión revolucionaria de las masas obreras sin dirección política en Petrogrado, con repercusión en el medio rural y sobre todo en los campos de batalla, fruto de las contradicciones económicas, sociales y políticas, que los desastres de la guerra agudizan exponencialmente. Pero al mismo tiempo, un elemento subjetivo: una organización con influencia de masas que a través de una táctica y estrategia definida, conquista el poder político derribando el sistema capitalista para construir el socialismo. 

La estrategia del Partido Bolchevique desde Las Tesis de abril de Lenin se basa en su objetivo político: la toma del poder por parte de la clase obrera, para evitar que los trabajadores vuelvan a ser derrotados por la contrarrevolución como en 1905 y la Comuna de París de 1871. Y al mismo tiempo, una táctica de intervención en los Soviets para ganar la mayoría de los trabajadores -que inicialmente respaldan a mencheviques y eseristas en objetivos democrático-burgueses en Febrero-, para luchar por la revolución socialista en Octubre. De esta forma, además de ser la primera revolución obrera que triunfa, tiene la particularidad de ser la más importante, no solo por significar la mayor transformación económica, política y social de un país en la Edad Contemporánea, sino por la connotación táctica y estratégica que se lleva a cabo. 

Aunque la Revolución de Febrero la hacen los trabajadores de Petrogrado con repercusión en los soldados de su guarnición militar -obreros y sobre todo campesinos “uniformados”- que impiden su derrota por las fuerzas policiales del zarismo, el Gobierno Provisional resultante es de la burguesía, que se ha puesto a sí misma tras la caída del Zar. Los liberales se ven obligados a “compartir” un doble poder con los Soviets de obreros y soldados, que les aleja cada vez más de las masas trabajadoras, al continuar la guerra y las precarias condiciones laborales y salariales en las fábricas. La lucha de clases en esta situación mantiene una tensión permanente entre los obreros que convocan manifestaciones y huelgas a través de los Soviets, y el Gobierno burgués que mantiene el capitalismo y la guerra. Como resultado, los liberales precisan la participación de las organizaciones obreras reformistas en su gobierno para tratar de calmar los comportamientos revolucionarios de la clase trabajadora. Sin embargo, la entrada de mencheviques y eseristas en el Gobierno Provisional en mayo, que no cuestiona ni la continuación de la guerra ni la propiedad de las fábricas y las tierras, deja a los bolcheviques ante los ojos de las capas más activas de los Soviets, como los únicos que defienden la lucha por transformar la sociedad –pan, paz y tierra-, a través de su consigna principal: ¡Todo el poder a los Soviets! 

Esta idea adquiere tal influencia ante la realidad social, que los obreros y soldados de Petrogrado intentan tomar el poder en julio sin la suficiente preparación en el resto del país, motivo por el cual los bolcheviques no lo plantean en ese momento. Esta consideración táctica de los bolcheviques en julio, valorando prematuro la lucha por el poder en el proceso de toma de conciencia -determinación de lucha y organización- que es insuficiente fuera de la capital, se combina dialécticamente con las prisas de Lenin a finales de septiembre para luchar por él. Una vez la contrarrevolución avanza en julio con el encarcelamiento de bolcheviques y el cierre de sus locales y periódicos, así como la intentona de Kornilov de tomar Petrogrado a finales de agosto, espolea la revolución no solo en la capital que le derrota. Por primera vez, tanto en Petrogrado como en Moscú los bolcheviques son ahora mayoría en los Soviets. De esta forma, el proceso paralelo entre el movimiento de las masas que sacan sus propias conclusiones revolucionarias en base a su experiencia, con la autoridad ganada por una organización que aglutina a los sectores más combativos dentro de la expresión de lucha común de todas las capas obreras en los Soviets, es lo que permite el 24 de octubre la toma del poder. La insurrección de Octubre es la culminación del proceso revolucionario de manera consciente y organizada por el Partido Bolchevique, cuyo protagonista es la clase obrera a través de los Soviets. Durante toda la jornada, las agrupaciones armadas de obreros y soldados toman casi sin resistencia el control de las instituciones del Estado y organismos públicos, no solo por tener el poder real el Comité Militar Revolucionario del Soviet, sino por carecer de poder alternativo para contrarrestarlo el Gobierno Provisional y el Ejército fuera de Petrogrado. 

Por lo tanto, se puede establecer una primera diferenciación cualitativa en el proceder bolchevique en 1917 en los órganos de poder obrero de los Soviets, de la posterior realidad de la URSS bajo control estalinista, que se basa en la anulación de los mismos. El estudio de la revolución rusa de 1917 –de febrero a octubre- merece un análisis específico y diferenciado de la posterior guerra civil provocada por la burguesía rusa e internacional, que da lugar a errores en el Comunismo de guerra, la NEP y el partido único, ante una coyuntura de aislamiento internacional y desastre económico no previsto. Por el contrario, la diferenciación con el estalinismo a partir de 1925 puede hacerse sobre los parámetros políticos de 1917. Mientras el Partido Bolchevique basa su autoridad a través de la intervención revolucionaria en el funcionamiento democrático de los Soviets donde los trabajadores ejercen su poder, el estalinismo establece su control político eliminando el poder de los Soviets. También por la política llevada a cabo en el Comintern, con una táctica y estrategia en las luchas revolucionarias a nivel internacional, que es exactamente la contraria de los bolcheviques en 1917. Mientras el frente único es abandonado desde su VI Congreso en 1928 equiparando socialistas y fascistas –anulando la lucha conjunta con mencheviques y eseristas en los soviets a través de huelgas, manifestaciones y evitar el triunfo de Kornilov-, desde el VII Congreso de 1935 con el frente popular propone unirse a la burguesía liberal contra la reacción –anulando su negativa a colaborar con el Gobierno Provisional-. La resultante empírica de ello es que bajo influencia de la URSS durante el siglo XX, solo hay derrotas revolucionarias sin victoria alguna y aquellas que se producen -China y Cuba-, lo son sin su orientación previa. La experiencia histórica del movimiento obrero sirve de inspiración para aplicar los aciertos no de forma mecánica tratando de copiarlos, sino para adaptarlos. Mientras estalinismo los anula, los bolcheviques en 1917 los aplicaron.

miércoles, 26 de julio de 2017

26 DE JULIO: Día de la Rebeldía Nacional

El 26 de julio de 1953 fuerzas del pueblo revolucionario cubano asaltaron los cuarteles de Moncada contra la dictadura de Batista y liderados por Fidel Castro. Estos hechos han pasado a la historia como el Día de la Rebeldía Nacional.

26 de julio de 1953. Fuerzas del pueblo revolucionario armado decidieron dar un asalto a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Granma. Estos hechos y este día han pasado a la historia, grabados en la memoria del pueblo cubano y del resto del mundo como el Día de la Rebeldía Nacional y antesala de las luchas que llevaron al triunfo definitivo de la Revolución Cubana en enero de 1959.


Cuba vive en plena dictadura del general Fulgencio Batista tras el golpe de estado del 10 de marzo de 1952. El dictador se hizo con el poder derrocando a Carlos Prío Socarrás apoyado por la CIA, y justificándose por tener al país sumido en la bancarrota e inmerso en drogas y juego.

Batista llegó al poder de la isla. Pero no hizo otra cosa que agravar la ya caótica situación de la población cubana que, de manera ilegal, gobernó hasta el primero de enero de 1959, día en que, junto a sus más estrechos colaboradores, huyó del país cargado de dinero público. Los santiagueros vivieron con Batista bajo una política alarmante y vacía de ética. Era un periodo caracterizado por la represión, la violencia, la persecución y el empeoramiento de las diferencias sociales.

Así lo entendió en su momento la llamada Generación del Centenario. El 28 de enero de 1953, 100 años del nacimiento de José Martí, de nacido, un grupo de jóvenes decidió continuar el legado de la Guerra Continua proclamada por el conocido Héroe Nacional Cubano. 

Con las primeras luces del día 26 de Julio de 1953, el grupo de  jóvenes  liderados por el entonces abogado Fidel Castro, se dirigieron hacia Santiago de Cuba. Querían reavivar los ideales de independencia del pueblo cubano. 

"Podrán vencer dentro de unas horas o ser vencidos; pero de todas maneras, ¡óiganlo bien, compañeros!, de todas maneras el movimiento triunfará"

Durante el mes de febrero, los protagonistas de la insurrección comenzaron los enfrentamientos de tiro, organizados en diferentes fincas de La Habana , y consiguieron confeccionar los uniformes del Ejercito con los que se disfrazarían para entrar en las zonas militares.

En junio, la granja Siboney, cerca de Santiago de Cuba, un viejo hospedero en Bayamo y dos casas de la ciudad, fueron el refugio de los futuros asaltantes. La noche anterior a los hechos, Fidel Castro distribuyó a los hombres en tres grupos: el primero en el que él mismo iría al frente atacaría el cuartel de la Moncada, el segundo al mando de Raúl Castro tomaría el Palacio de la Justicia, y el tercero, a cargo de Abel Santamaria, ocuparía el Hospital Saturnino Lora.

"Compañeros: Podrán vencer dentro de unas horas o ser vencidos; pero de todas maneras, ¡óiganlo bien, compañeros!, de todas maneras el movimiento triunfará. Si vencemos mañana, se hará más pronto lo que aspiró Martí. Si ocurriera lo contrario, el gesto servirá de ejemplo al pueblo de Cuba, a tomar la bandera y seguir adelante”, expresó el Manifiesto del Moncada, redactado por el joven poeta Raúl Gómez García y que se leyó antes de salir a la acción.

26 de julio de 1953. Fuerzas del pueblo revolucionario armado decidieron dar un asalto a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Granma. Estos hechos y este día han pasado a la historia, grabados en la memoria del pueblo cubano y del resto del mundo como el Día de la Rebeldía Nacional y antesala de las luchas que llevaron al triunfo definitivo de la Revolución Cubana en enero de 1959.

Durante el mes de febrero, los protagonistas de la insurrección comenzaron los enfrentamientos de tiro, organizados en diferentes fincas de La Habana , y consiguieron confeccionar los uniformes del Ejercito con los que se disfrazarían para entrar en las zonas militares.

En junio, la granja Siboney, cerca de Santiago de Cuba, un viejo hospedero en Bayamo y dos casas de la ciudad, fueron el refugio de los futuros asaltantes. La noche anterior a los hechos, Fidel Castro distribuyó a los hombres en tres grupos: el primero en el que él mismo iría al frente atacaría el cuartel de la Moncada, el segundo al mando de Raúl Castro tomaría el Palacio de la Justicia, y el tercero, a cargo de Abel Santamaria, ocuparía el Hospital Saturnino Lora.


El intento fallido de la toma del cuartel de la Moncada
Era domingo de carnaval aquel 26 de Julio de 1953 en Santiago de Cuba cuando, de madrugada – a las 5 y 15 a.m.-, un grupo de ciento setenta y cinco jóvenes inició el asalto. Los grupos de Raúl Castro y Abel Santamaría lograron asaltar los edificios colindantes al cuartel, pero un accidente hizo que el grupo de Fidel no lograra tomar la fortaleza.

Los jóvenes disfrazados se encontraron con una "guardia cosaca" que avisaron de la intrusión. Los asaltantes lograron una buena ofensiva y causaron al ejército treinta bajas, de ellas once muertos y diecisiete heridos. Pero el Moncada acogía en su interior a más de mil soldados, de modo que los revolucionarios optaron por retirarse, tras un combate de cerca de dos horas. 

Gran parte de los revolucionarios fueron asesinados y detenidos durante los asaltos

En caso de no poder tomar el cuartel, la consigna era retirarse a Siboney para, y desde allí, procurar llegar a las montañas de la Sierra Maestra y proseguir la lucha. Pero tampoco la retirada resultó de manera satisfactoria. 

La represión tras los asaltos: De 70 combatientes muertos, solo ocho cayeron en combate

La represión desatada por los tiranos contra los asaltantes fue de lo más salvaje; Apresados tras el asalto, a Abel Santamaría le sacaron los ojos y a Boris Luis Santa Coloma le arrancaron los testículos. Una veintena de combatientes fueron sacados con vida del Hospital Saturnino Lora y trasladados por los soldados de la dictadura al cuartel, donde por orden de Batista, fueron asesinados a diez prisioneros por cada soldado muerto. 

Haydée Santamaría y Melba Hernández también fueron detenidas y llevadas al Moncada. Estas dos mujeres fueron testigos de excepción de la masacre allí cometida. Se libraron de ser asesinadas gracias a un fotógrafo, que acompañaba a la periodista Marta Rojas, simuló hacerles una fotografía (a pesar de no tener película en la cámara) y, regándose la noticia de que en el cuartel había dos mujeres detenidas, los soldados ya no podían presentarlas como muertas en combate. 

Estos son solo algunos ejemplos pero la brutalidad de la violencia ejercida llegó a límites inimaginables. De las 70 personas que murieron el 26 de julio y en días posteriores a manos de la tiranía, sólo ocho cayeron en combate; el resto de los cadáveres, sin excepción alguna, presentaban signos de evidentes mutilaciones y salvajes torturas.

El alegato de Fidel: "La historia me absolverá"
Cuando fueron detenidos, Fidel fue separado del resto de sus compañeros. Su juicio se celebró en una pequeña sala del Hospital Saturnino Lora. Era 16 de octubre de 1953 y, en la autodefensa, pronunció su alegato final conocido como La historia me absolverá.

Su alegato se convirtió en el programa político del nuevo movimiento revolucionario de Cuba: la lucha desde y para los sectores populares. El alegato reivindica el derecho a la rebelión, y lejos de exculpar sus actos, proclama la justa defensa ante la ilegalidad del gobierno golpista. 

"En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no lo ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa, la historia me absolverá" expresa el último párrafo de la defensa del comandante.

 Al igual que sus compañeros, Fidel permaneció en la cárcel hasta el 15 de mayo de 1955. Una vez estuvo en libertad, y en total clandestinidad, creó la organización político-militar Movimiento 26 de Julio, con Che Guevara, Haydee Santa Maria, Melba Hernadez o Vilma Esoin en sus filas.

"No temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos"

En diciembre de 1956 un grupo de 82 guerrilleros, al frente del Fidel, se embarcaron en México en el Yate Granma para desembarcar en la Playa de las Coloradasm em el Oriente Cubano. Tras un mal comienzo con numerosas bajas, un grupo de 20 personas, el Ejército Rebelde, consiguieron instalarse en una base guerrillera en la Sierra Maestra. Este fue el comienzo de la lucha y revolución que derrocó a la dictadura en la grandiosa victoria del 1 de enero de 1959.


El propio Comandante en Jefe, Fidel Castro, ha conmemorado en muchas ocasiones las acciones del 26 de julio, recordándolas como "un nuevo camino al pueblo; que marcó el inicio de una nueva concepción de lucha, que en un tiempo no lejano hizo trizas a la dictadura militar y creó las condiciones para el desarrollo de la Revolución'.


La no consecución de los planes trazados fue un fracaso militar, pero sin lugar a dudas, se articuló como un éxito moral y político al marcar  la ruta de la posterior lucha guerrillera que culminó con el Triunfo de la Revolución Cubana.

viernes, 21 de julio de 2017

100 AÑOS: A 100 años de revolución rusa y del octubre soviético

POR IZQUIERDA REVOLUCIONARIA

¡A los ciudadanos de Rusia!

25 de octubre [7 de noviembre] de 1917, 10 de la mañana

El Gobierno Provisional ha sido depuesto. El Poder del Estado ha pasado a manos del Comité Militar Revolucionario, que es un órgano del Sóviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado y se encuentra al frente del proletariado y de la guarnición de la capital.

Los objetivos por los que ha luchado el pueblo —la propuesta inmediata de una paz democrática, la supresión de la propiedad agraria de los terratenientes, el control obrero de la producción y la constitución de un Gobierno Soviético— están asegurados.

¡Viva la revolución de los obreros, soldados y campesinos!

El Comité Militar revolucionario del Sóviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado [texto escrito por Lenin]


Este año se cumple el centenario de la Revolución de Octubre, cuando los trabajadores, los soldados y los campesinos pobres de Rusia se sacudieron siglos de opresión y humillación bajo el zarismo, acabaron con el poder de la burguesía y los terratenientes, y establecieron las bases para una nueva sociedad. Los gigantescos acontecimientos que tuvieron lugar en Rusia entre febrero y octubre de 1917 conmocionaron al mundo entero porque fueron la demostración de que los esclavos podían liberarse del yugo de sus amos, que las masas oprimidas podían organizar la sociedad sin el concurso de sus explotadores. La onda expansiva de la Revolución de Octubre se sintió inmediatamente en todo el mundo: Alemania, Austria, Hungría, Finlandia, Italia, Bulgaria, el Estado español, los países coloniales… La clase obrera de todos los continentes fue contagiada por el mensaje de Octubre y los bolcheviques, y apoyándose en su ejemplo crearon la organización revolucionaria más importante que la historia haya conocido jamás: La Internacional Comunista. Nunca antes el capitalismo había estado tan amenazado.

Defender el legado de Octubre y del bolchevismo

En el prólogo a su obra sobre la revolución rusa, Trotsky señala: “El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen. Dejemos a los moralistas juzgar si esto está bien o mal. A nosotros nos basta con tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo. La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos”.

Cien años después, Octubre sigue teniendo una enorme significación histórica para los trabajadores y jóvenes que luchamos contra el orden capitalista. Las lecciones de aquella revolución deben estudiarse a la luz de los acontecimientos del presente. Para la mayoría de los dirigentes de las organizaciones tradicionales de la izquierda (ex socialistas, ex comunistas, ex sindicalistas), y para no pocos de las nuevas formaciones de la izquierda reformista, la revolución rusa es un hecho histórico sin la menor trascendencia práctica en la actualidad y, cuando no la denigran, no cesan de difundir una imagen distorsionada y falsa de la misma. Por supuesto, esto no es ajeno al papel de estos individuos en la lucha de clases. Muchos de ellos se han convertido en apologistas de la estabilidad del capitalismo, y con su política de colaboración de clases hacen viable la agenda antiobrera de la burguesía, sus recortes y austeridad. Todos estos sectores han abandonado cualquier vínculo con las ideas del socialismo y del marxismo, y jamás se podrán conciliar con la revolución rusa.

Los reformistas del movimiento obrero, vulgares transmisores de los prejuicios y mentiras que la burguesía ha fabricado durante décadas, no se cansan de repetir que la revolución rusa fue un golpe de Estado que condujo inevitablemente a la dictadura estalinista. Cualquiera que haya estudiado honestamente la génesis y el desarrollo de la Revolución de Octubre llegará a la conclusión de que esa visión no es más que una grosera falsificación. Nunca la historia ha registrado una revolución más popular, más participativa y democrática. Nada más alejado de un golpe de mano que la toma del poder protagonizada por los trabajadores y los soldados rusos en Petrogrado y Moscú el 7 de noviembre de 1917 [25 de octubre según el calendario occidental], una insurrección sancionada por el II Congreso de los sóviets de toda Rusia, la representación más genuina, directa y democrática de las masas rusas.

Octubre ha sido una de las gestas más importantes de la humanidad por su carácter liberador y consciente. Por primera vez en la historia, el objetivo de una revolución no fue perpetuar la división de clases, la explotación económica o el Estado como instrumento de opresión (como ocurrió con las grandes revoluciones burguesas), sino eliminar esas reliquias de la sociedad clasista y crear las condiciones materiales y culturales para un salto sin precedentes en la civilización.

El programa socialista e internacionalista de la revolución rusa y del Partido Bolchevique —dirigido por Lenin y Trotsky—, de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista, siguen estando vigente para los revolucionarios de hoy en día. Las tareas y problemas que afrontaban los marxistas en 1917 son, esencialmente, semejantes a los planteados en la actualidad, cuando la crisis más aguda del capitalismo en setenta años extiende su mancha de desigualdad, paro masivo, opresión nacional, guerras imperialistas y destrucción del medio ambiente, amenazando el futuro de la humanidad. En los países capitalistas desarrollados e imperialistas, en Latinoamérica, en Oriente Medio…toda la experiencia histórica transcurrida desde el Octubre soviético demuestra que no hay terceras vías para conseguir la emancipación de los trabajadores. Las ilusiones en la posibilidad de una suerte de “capitalismo de rostro humano”, idea que cobró fuerza entre sectores de la intelectualidad de izquierdas tras el colapso de la URSS y los regímenes estalinistas de Europa del Este, fue una consecuencia más de la ofensiva ideológica de la burguesía contra las ideas del socialismo. El único capitalismo posible es el que estamos sufriendo, una pesadilla cotidiana para cientos de millones de seres humanos.

Desde Izquierda Revolucionaria vamos a celebrar este gran aniversario con todo tipo de actividades. En el mes de febrero lanzaremos una web específica sobre la revolución rusa, que contará con todos los escritos esenciales de sus protagonistas principales, un amplio archivo documental, materiales de actualidad, crítica del estalinismo, textos de la Tercera Internacional y la Oposición de Izquierda, fondo de imágenes, videos y carteles, y mucho más. También en colaboración con la Fundación Federico Engels publicaremos y reeditaremos los libros fundamentales de la revolución, como Historia de la Revolución Rusa de Trotsky, Diez días que conmovieron al mundo, de John Reed, y otros no tan conocidos pero que representan una excelente crónica de aquellos acontecimientos como el libro de Alfred Rosmer, Moscú bajo Lenin.

Conocer, estudiar, comprender las lecciones de la revolución rusa de 1917 es una obligación para todos los que luchamos por la transformación de la sociedad, sobre todo para quienes nos consideramos comunistas. Tras décadas de falsificación del marxismo a manos de la burocracia estalinista, reconvertida ahora en la nueva clase capitalista de Rusia, es imprescindible volver a las esencias de Octubre, al auténtico leninismo. Este es el único camino para garantizar la victoria de la clase obrera mundial en las duras pruebas que se avecinan.

EXALTACIÓN DEL GOLPE DE ESTADO DEL 36 Y AMENAZAS A LA CIUDADANÍA


El ejército de Cospedal, celebra la efeméride del golpe de estado y el inicio de la guerra civil y los asesinatos en masa por el franquismo según puede verse en una foto publicada en Twitter por el exJemad y miembro de Podemos, Julio Rodríguez, el pasado martes día 18, cuando se cumplieron 81 años del sangriento golpe de Estado que dio inicio a la guerra civil. Además, del texto se desprende una clara amenaza a la ciudadanía si, en libertad de criterio, se "equivocan" a la hora de elegir sus líderes, su forma de estado o simplemente su pertenencia al estado español. En el encabezamiento consta la unidad: “Agrupación de apoyo logístico nº61”.
Este es el texto completo:
“En este día de 1.936, oficialmente, se inicia en toda España un alzamiento cívico-militar, en el que participa la mayoría del Ejército. Es un día importante en la historia de nuestra patria que merece ser recordado, para que las generaciones futuras eviten el que se produzcan las circunstancias que propiciaron el enfrentamiento bélico. Los pueblos que olvidan su historia están irremisiblemente condenados a repetirla”.

La rectificación ha sido laxa y falta de información sobre la destitución de los responsables y su procesamiento por sedición y amenazas a la ciudadanía. 


  •  Hemos publicado esa efeméride? Sí
  • Ha sido un error? También
  • Pedimos disculpas? Por supuesto
  • 17:52 - 19 Jul 2017

Obviamente para nosotr@s la respuesta dada significa más bien lo siguiente:

  • Han publicado esa efeméride? Sí
  • Han exaltado la sublevación militar? También
  • Piden disculpas? Mostrando justicia, responsabilidad y reparación, NO.


martes, 18 de julio de 2017

100 AÑOS: Octubre es del siglo XX


Por JOSE ANTONIO ERREJÓN
El centenario de la Revolución de Octubre y el balance de este siglo de historia en buena medida determinada por ella nos colocan ante lo que, creo, es la cuestión más importante, saber si y en qué medida Octubre sigue operando como el gran foco de aliento y esperanza para millones de personas que en diversas zonas del mundo sufren la injusticia y la opresión y aspiran a una vida distinta. 

Hace casi treinta años que vinieron abajo con una imprevista facilidad la mayor parte de los regímenes políticos que se declaraban herederos del Octubre del 17 y los que se mantienen o bien lo hacen en situación más que precaria como Cuba o alimentan, como China, una modalidad de capitalismo de Estado imprescindible para la continuidad del sistema global. 

Ello podría hacer pensar que Octubre y su legado son un fenómeno limitado al siglo XX, que nacieron y murieron con él. Esta limitación temporal vendría así a unirse a otras limitaciones ya señaladas por sus propios coetáneos: Pannekoek, Rosa, Gramsci y las izquierdas italianas y holandesas que, entre otros, señalaron las limitaciones de la experiencia bolchevique; en la medida misma en que lo fue, es decir, en la medida en la que el original impulso consejista y socialista, cedía el paso a las tareas de construcción del Estados Soviético. 


Sea como fuere, parece evidente que el aliento libertario presente en él “Estado y la Revolución” no pudo sobrevivir a la dura experiencia de la construcción y defensa del Estado bajo Stalin y sus sucesores. A partir del 53 en Berlín, del 56 en Budapest y del 68 en Praga quedó claro que Octubre ya solo servía como litúrgica invocación para la gerontocracia soviética y que el movimiento obrero que, siquiera parcialmente, obedecía sus consignas lo fue paulatinamente abandonando. 

Que esta tendencia de abandono coincidiera con la del debilitamiento del propio movimiento obrero y su acorralamiento por la triunfante revolución neoliberal, ha llevado a algunos a certificar el fin y la imposibilidad misma del movimiento obrero y a añorar los viejos y buenos tiempos de la URSS y sus efectos atemorizantes de la burguesía y del imperialismo. 

Creo, sin embargo, que los límites de Octubre y del leninismo no son tan distintos de los que han aquejado a la socialdemocracia y tienen que ver con que su crítica del capitalismo se ha reducido en la injusta distribución del valor producido y no en el hecho mismo del trabajo abstracto, la lógica que ha llevado al sistema a los efectos devastadores de la vida social y natural que hoy padecemos. 

La asfixia de la vida política y ciudadana, la construcción de Estados burocráticos y opresores y el sometimiento de pueblos enteros en nombre del socialismo y del comunismo, han sido sólo avatares de la consolidación, en la periferia del sistema, de un Estado encargado de las tareas que los capitalismos del centro habían construido un siglo antes. 


Son varios los rasgos de Octubre y el leninismo que desaparecen con el siglo XX : la concepción militar del partido y la militancia, la clase como portadora de una misión histórica cuya verdad es revelada por los conocedores de la “Ciencia de la Revolución”, una concepción del capital financiero y del imperialismo que hoy todo lo más puede suscitar ternura por su ingenuidad, su valoración positiva de fenómenos como el capitalismo de estado los monopolios o el taylorismo, etc. etc. 

En el transcurso de este siglo y especialmente en las cuatro últimas décadas hemos asistido a fenómenos que cuestionan el leninismo e incluso algunas previsiones marxianas. Por no alargar en exceso estos comentarios citaré uno: la reducción del peso del factor trabajo por unidad de producto, la creciente expulsión del trabajo de los circuitos productivos que ni siquiera la mercantilización y salarización de los cuidados consiguen contrarrestar, haciendo crecer la bolsa de los excluidos. Una sociedad del trabajo sin trabajadores o, mejor, la salida de la sociedad del trabajo en el interior mismo del salariado y de las relaciones sociales capitalistas. La extensión del asalariado, incluso el fenómeno de la nueva pauperización no han abocado a una nueva proletarización (en todo caso a una lumpenproletarización). 

La desaparición del proletariado como sujeto histórico destinado a la construcción del socialismo no ha sido sustituida por sujeto alternativo alguno, a pesar de su incesante búsqueda en la segunda mitad del pasado siglo. 

Pero, además, la dialéctica histórica del capital a través de la lucha de clase no ha producido alternativa alguna a partir de su antagonismo. Ha desaparecido de la escena el que debía ser enterrador del capitalismo y el funcionamiento de este no genera contradicción alguna que resulte irresoluble dentro de su lógica de funcionamiento 

El déficit de Octubre y su herencia, lo que a estas alturas yo le puedo “criticar, es la insuficiencia de su anticapitalismo, el grado en el que ha podido compartir elementos nucleares de esta civilización. Esta civilización que parece haber perdido toda noción de límite y parece abocada a alguna o varias modalidades de catástrofe: el agotamiento de las reservas energéticas, el agua dulce y las materias primas, la extinción de buena parte del patrimonio biológico o el acelerado proceso de calentamiento global parecen ser los únicos frenos a esta civilización desbocada, los límites que en su lógica interna ha sido imposible encontrar. 

¿Podían Octubre y sus protagonistas descubrir la verdadera faz del capitalismo, el núcleo profundamente inhumano y ecocida que hemos conocido ya en la segunda mitad del siglo XX?. Es más que probable que no; aun cuando para entonces el capitalismo había mostrado ya la terrible cara del colonialismo, el imperialismo y la guerra (contra los que Lenin y sus compañeros, al contrario que la socialdemocracia internacional, supieron levantar la indignación de los más desposeídos), las taras del movimiento obrero y la naciente Internacional estaban vinculadas a lo que parecía el objetivo inmediato, el derrocamiento de los regímenes capitalistas y la apertura de regímenes de transición socialista. 

Que tales regímenes se legitimaran desde el punto de vista de la pretendida teoría marxista, como dictaduras del proletariado, utilizando un pasaje circunstancial de la obra de Marx y, sobre todo, que tal período histórico transitorio, fuera interpretado en la particular cosmogonía staliniana, como las terribles dictaduras que hemos conocido en Europa y en otras latitudes, es otra de las tragedias que la historia ha deparado a un movimiento nacido para la procura de la libertad, la dignidad y la emancipación de los pobres de la Tierra. 

No podemos saber cómo hubiera sido esta historia sin la Revolución de Octubre. Pero si sabemos qué hace cien años millones de obreros y campesinos imaginaron que la vida podría ser algo distinto de la explotación brutalidad y sufrimiento que les había acompañado desde su nacimiento. 

Y a esa esperanza la llamaron Lenin. 

100 AÑOS: Reflexiones sobre las revoluciones de 1917


Por CÉSAR ROA

La mirada del triunfador no suele conducir a una comprensión más cabal de la historia. Para quien se encuentra poseído por la creencia de que los individuos, clases sociales o naciones más merecedores del éxito han ganado la partida, el pasado aparece exclusivamente como el escenario en el que los vencedores van perfilándose y derrotando progresivamente a sus rivales hasta la apoteosis final del presente. La historia queda degradada al relato de la marcha victoriosa de las actuales clases dominantes sobre los obstáculos que ocasionalmente han intentado frenarla. 

Dentro de esta perspectiva, las revoluciones sociales que una vez se alzaron contra el orden social ganador se ven caracterizadas como esfuerzos vanos condenados al fracaso que sólo han logrado detener una evolución que ya venía dictada por las leyes inapelables de la historia. Para un mundo en el que reina indiscutida la hegemonía del capitalismo más depredador, las revoluciones rusas de 1917 sólo sirven como recordatorio de las catástrofes que acechan cuando se pretende violentar el veredicto de la marcha de la historia. 


Sin embargo, las revoluciones de 1917 siguen allí y su presencia sigue despertando el interrogante de por qué se produjeron, qué es lo que llevó a masas humanas a rebelarse contra un estado de cosas y a imaginar unos futuros distintos a los que estamos viviendo. La óptica triunfalista tiende a responder a esta pregunta de una manera tajante: porque un puñado de conspiradores imbuidos de una ideología fanática supieron apoderarse del aparato del Estado, lavar el cerebro de la población y apartar a Rusia de la senda del progreso a la que iba destinada. Así, las revoluciones de 1917 no merecen ser recordadas, ni mucho menos conmemoradas, salvo como advertencia de los riesgos que anidan en todo cambio brusco de las condiciones actuales de dominación. 

El punto ciego de esta interpretación es que para explicar los acontecimientos sólo puede limitarse a los pensamientos y acciones de los grandes personajes, es decir, a una visión de la historia “desde arriba”. En otras palabras, en esta interpretación no hay cabida para revoluciones surgidas “desde abajo”, para cuestionamientos del orden vigente a partir de las acciones y proyectos de la gente común. 

Y en efecto, de eso se trataron las revoluciones de 1917 de un cuestionamiento generalizado del imperialismo y de la guerra, del trabajo y de la disciplina en las fábricas y cuarteles, de la privatización de las tierras comunales y de los procesos de proletarización de los campesinos, de la negación de los derechos políticos y culturales de las minorías nacionales y étnicas y del predominio del nacionalismo ruso, en suma, de un cuestionamiento radical de la legitimidad de los poderes tradicionales, fueran estos políticos, culturales, religiosos o familiares. Entre marzo y noviembre de 1917 mujeres, campesinos, obreros y soldados se rebelaron contra las jerarquías vigentes, no porque renunciasen a su capacidad de entendimiento y de acción, sino, por el contrario, porque las pusieron en práctica, ya que no podían dejar de constatar que lo prometido por los poderes tradicionales se daba de bruces con la cruda realidad cotidiana. 

Al partido bolchevique le tocó el papel de pilotar unos procesos revolucionarios que ya se habían desatado desde antes de la toma del Palacio de Invierno. En cierto sentido, el partido bolchevique fue instigador y tribuno y a la vez liquidador y sepulturero de las esperanzas revolucionarias. Derrotados los ejércitos blancos, el nuevo Estado tendría que reconstruir una economía destrozada y al mismo tiempo disponer de un potencial militar con el que disuadir y llegado el caso repeler agresiones externas de los países vecinos. Así, la industrialización de la Unión soviética tomó prioridad frente a proyectos más utópicos que habían eclosionado en los años revolucionarios. Para ello, las nuevas autoridades soviéticas dirigieron la vista a los modelos económicos, organizativos y tecnológicos que supuestamente auguraban un rápido desarrollo industrial. 

Siendo la URSS un territorio principalmente agrario de pequeñas explotaciones tendentes al autoconsumo, de métodos de cultivo rudimentarios y de gestión y propiedad comunitaria de la tierra, el liderato soviético de finales de la década de 1920 creyó encontrar la panacea para la modernización de la agricultura (y a la postre del resto de la economía) en las grandes explotaciones de Estados Unidos, en concreto en las fincas del empresario Thomas Campbell de Montana, unas fincas de grandes dimensiones que aplicaban métodos de cultivo, recolección y trilla estandarizados y altamente tecnificados. En 1928, Stalin decidió trasladar los esquemas de Campbell al campo soviético porque prometían un extraordinario aumento de la producción de trigo, con el que generar excedentes para la exportación y para el abastecimiento de unas ciudades en rápida expansión. 


Paradójicamente, el modelo de grandes explotaciones agrarias acarreaba también unos problemas graves (como iban a padecer los propios Estados Unidos durante la década de 1930) que sus deslumbrados defensores no querían percibir. Uno básico era que a mayor extensión del terreno, mayor la variabilidad de la calidad de los suelos y menor la idoneidad de la aplicación de los mismos métodos estandarizados sobre un mismo territorio. La brutal transformación del campo soviético durante el primer plan quinquenal, la resistencia de los propios campesinos a abandonar sus modos de vida tradicionales, el sacrificio del ganado como medio de protesta, la insuficiente dotación de tractores, la apresurada (y deficiente) formación de los cuadros técnicos, la rígida fijación de objetivos cuantitativos y el desconcierto ante su persistente incumplimiento, las sequías de 1931 y 1932 y, no menos importante, la obcecación en que los métodos de producción industriales eran perfectamente trasladables a la agricultura y que su fracaso sólo podía deberse a la mala fe o al sabotaje se conjugaron en crear una tragedia humana de terribles dimensiones. 

Pero las catástrofes de la industrialización de la agricultura no son atribuibles a los sueños y esperanzas revolucionarias de 1917, sino más bien a su olvido y a su reemplazamiento por una fe ciega y acrítica en el poder de las tecnologías industriales más sofisticadas como solución a todas las contradicciones políticas y sociales que atraviesan los pueblos que buscan su propia senda en un mundo inmerso en una despiadada lucha darwiniana entre países y empresas. 


100 AÑOS: El Estado y la Revolución de Octubre


Por JOSE LUIS DE ZÁRRAGA

Fontana abre un abanico muy amplio de temas sobre la revolución rusa y el desarrollo de la sociedad soviética. En este centenario tendremos ocasiones para discutir todos esos temas, que no son cuestiones históricas que se agotan en sí mismas sino punto de partida fundamental para reflexionar y debatir sobre la construcción del socialismo. Pero para empezar, sería bueno fijar la atención en el acontecimiento que ahora se conmemora: la revolución soviética de octubre de 1917 y su desarrollo inicial en los años críticos de 1917 a 1923, el periodo que va desde la toma del poder hasta la desaparición de Lenin, en el que se consolida el poder de los bolcheviques en medio de la catástrofe, primero, de la guerra civil y las intervenciones extranjeras y, luego, del hambre y la crisis económica. 


Volver la vista sobre algo sucedido ya hace un siglo no es una desviación inútil de los problemas actuales. En 1917 se inicia un movimiento que, a través de ciclos de luchas muy distintas en su naturaleza, continúa hoy en el rechazo de la sociedad de dominación y explotación, y en el intento de encontrar vías para construir una sociedad distinta, otro mundo. Es necesario volver la vista sobre la revolución de 1917 porque la batalla sobre la historia, sobre su memoria y su interpretación, es fundamental: es un objetivo estratégico de las clases dominantes borrar la memoria de las luchas emancipatorias e implantar de ellas y de sus vicisitudes y fracasos una interpretación que las descarte como alternativa viable; y, frente a ello, ha de ser tarea fundamental de las clases dominadas la recuperación de la memoria y la interpretación justa y el aprendizaje de las luchas emancipatorias históricas. 

En este caso, además, hay que evitar el error, en el que se ha caído tanto desde la derecha como desde la izquierda, de una interpretación del curso de la revolución bolchevique que sitúe la clave de sus problemas en la personalidad maligna de Stalin: si el stalinismo fue posible no es porque Stalin se hiciera con todo el poder, sino que Stalin se hizo con todo el poder y se desarrolló el stalinismo por errores y circunstancias que hunden sus raíces políticas, ideológicas y socioeconómicas mucho más allá de su personalidad y que hay que analizar correctamente si se desea extraer lecciones de la experiencia de la revolución soviética. 

La primera ‘lección’, que se repetirá infinitas veces luego hasta hoy mismo, es que ante un movimiento revolucionario, las clases dominantes responderán siempre con una guerra sin cuartel, que utilizarán todos los medios –pacíficos y violentos, legítimos e ilegítimos- para abortarlo. El primer objetivo, si el movimiento revolucionario llega a acceder al poder, será su aniquilación, aun a costa de la destrucción de toda la infraestructura económica y de los millones de muertos que sean necesarios para ello. Así, en Rusia, entre 1918 y 1920, con la guerra civil y con las intervenciones militares tanto de las potencias aliadas como de germanos y polacos. 

Una vez fracasados todos los intentos de derrocar por la fuerza el poder soviético, el objetivo estratégico de sus enemigos será hacer fracasar la revolución, impedir que pudiera alcanzar sus objetivos mínimos, con boicots y bloqueos que se inician ya en 1918 y que continuarán a través de guerras frías y calientes tanto tiempo y con tanto coste como fue necesario. 

Por la continuidad entre la Revolución ‘democrática’ de Febrero y la de los Soviets de Octubre, fue una cuestión política central de aquel proceso en sus años iniciales la de la relación entre los objetivos democráticos y los socialistas, con lo que se venía a plantear por primera vez en la práctica la cuestión de la relación entre Democracia y Socialismo. Dejando a un lado los condicionantes concretos de aquella coyuntura y considerando la cuestión desde nuestra perspectiva, este es sin duda el punto en el que la elaboración teórica y la práctica bolchevique durante aquellos primeros años son más discutibles, de las que se derivarán luego graves errores teóricos y desviaciones ideológicas fatales en los años del stalinismo. La cuestión no son las prácticas autoritarias y centralistas de aquel primer periodo –que no tenían probablemente alternativa práctica viable, en las condiciones de emergencia en las que se adoptaron-, sino su conversión en principios teóricos e ideológicos de la construcción del socialismo, convirtiendo un mal necesario en bien deseable, la necesidad viciosa en virtud. 

Otra cuestión sobre la que la revolución soviética ofrece materia fundamental de análisis –que se mantendrá viva desde entonces hasta ahora, aunque en diversas formas- es la subsistencia de relaciones sociales capitalistas –económicas e ideológicas- en el marco de transformaciones políticas revolucionarias y coexistiendo con ellas, y la necesidad –y la dificultad- de sustituir las relaciones de explotación y dominación por nuevas relaciones sociales. 

Hay que decir, sin embargo, que, si nos centramos en el periodo revolucionario hasta la muerte de Lenin en 1924, la revolución soviética, con todos sus errores, realizó en muy pocos años la mayor y más profunda transformación social que ha visto la historia. No puede decirse –como Fontana dice- que “en el verano de 1918… se estancó el programa de transformación social iniciado en 1917”. Por el contrario, ese programa, aunque con las modificaciones impuestas por las condiciones de la coyuntura, se concretó y se aceleró al máximo. Entre 1917 y 1920, forzados por las circunstancias, las transformaciones sociales en Rusia fueron más extensas y profundas de lo que nunca se había pensado que pudieran ser. 

Dice también Fontana que la revolución rusa renunció al ideal leninista de abolición gradual de todos los mecanismo de poder del estado; pero hay que decir que, al menos en esos primeros años, Lenin y los bolcheviques hicieron muchos esfuerzos por no renunciar a ese ideal, manteniéndolo y defendiéndolo pese a lo utópico e irreal que patentemente era, aunque se viesen forzados por las circunstancias a aplazarlo. Y no es que los bolcheviques se escudasen para ello en la necesidad de defender la revolución de sus enemigos, sino que no les quedaba otro remedio que ese, les gustara o no, para defender la revolución. 

Una cuestión más general y abstracta, aunque no menos importante, que la experiencia de la revolución rusa plantea es la de la relación entre teoría y práctica, entre posiciones ideológicas y posicionamientos pragmáticos. Es esta una cuestión fundamental porque en la base de la crítica a la sociedad capitalista y de la construcción de una sociedad socialista está un análisis teórico de sus estructuras políticas y económicas y una ideología de rechazo de aquella sociedad. La articulación entre estos análisis y esa ideología, por una parte, y, por otra, las políticas y la estrategia del cambio hacia una sociedad socialista en las condiciones objetivas en que haya de producirse plantea unos problemas extremadamente complejos que, por primera vez (y en las peores condiciones) se enfrentan en Rusia en 1917. Pero, simplificando al máximo, mi opinión es que los bolcheviques, entre 1917 y 1923, en las condiciones a las que se enfrentaron hicieron todo lo posible por orientar su estrategia y sus acciones de acuerdo con el análisis teórico marxista y, sobre todo, por ser fieles a su ideología revolucionaria. Y que, a diferencia de sus críticos social-revolucionarios, mencheviques y de la oposición obrera, comprendieron que los conceptos teóricos han de aplicarse a las condiciones de la realidad y no ignorarlas, y la ideología ha de guiar la acción, no inhibirla.