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lunes, 21 de agosto de 2017

100 AÑOS: Lecciones de octubre rojo: comunismo es democracia


Cuando a mediados del siglo XIX los jóvenes revolucionarios Karl Marx y Friedrich Engels iniciaron su obra, orientaron su trabajo hacia la resolución de un “enigma histórico”, el planteado por la continuidad en el tiempo de las desigualdades entre minorías acaudaladas y mayorías empobrecidas, al tiempo que la creciente productividad del trabajo humano permite erradicarlas. Para ello, partieron de una cuestión clave: ¿De qué manera debería reorganizarse el mundo para construir un nuevo orden basado en la justicia? ¿Quién debería ser el agente impulsor de esta transformación? 


La respuesta estableció los fundamentos del marxismo: que sintetizo a continuación: 1) Todo sistema social se define por la manera en que establece la distribución de la riqueza y el poder. 2) El antagonismo y la competencia entre fuerzas sociales actúan como el motor que propicia la evolución histórica. 3) La injusticia social es inherente al capitalismo ya que deriva de la propiedad burguesa de los medios de producción y de la explotación de la fuerza laboral, sometida a la lógica de la acumulación de capital. 4) Por tanto, el reparto equitativo del poder y la riqueza requiere la conversión de la propiedad burguesa en propiedad social mediante la acción revolucionaria de las clases trabajadoras, en particular, del proletariado, única clase social que, por su situación en la división del trabajo, puede disponer del control colectivo de la economía. 5) La revolución proletaria deberá ser internacional, apoyada en la unidad de los pueblos del mundo, para así enfrentar con éxito el expansionismo capitalista. Es el sentido del llamamiento: “Proletarios de todos los países, uníos”. 6) El trabajo teórico, en medio de la lucha de clases, consiste en entender esta realidad de modo que la intervención humana pueda ser eficaz en la práctica. 7) La instauración del socialismo debe conducir a la sociedad comunista, basada en el reparto igualitario del poder y los recursos y la consiguiente extinción del aparato dominador del Estado. 

Lenin tomó las ideas de Marx y Engels y las desarrolló a partir de la realidad concreta de Rusia: un país gobernado por un estado autocrático y militarizado, con 100 millones de campesinos sometidos a 100 mil terratenientes, un modelo de industrialización impulsado por el Estado y financiado con fuertes inversiones extranjeras, generadoras de de una deuda pública astronómica, y una posición en la geopolítica mundial que explica su participación en la Gran Guerra de 1914-1918. 

En el contexto de matanzas masivas y privaciones generalizadas de la Gran Guerra, en la que ésta se manifestó en toda su crudeza como una guerra entre potencias imperialistas en la que el pueblo sólo contaba como carne de cañón, se gestó la Revolución Rusa, dando lugar a la mayor oleada revolucionaria de la historia protagonizada por la clase obrera, entre 1917 y 1923, . 

Cuando el corresponsal estado-unidense Jhon Reed llegó a Rusia y vivió la efervescencia de las jornadas revolucionarias de Octubre y Noviembre de 1917, magistralmente plasmadas en su obra “Diez días que estremecieron el mundo”, se dio cuenta de que estaba siendo testigo y partícipe del acontecimiento político mundial más importante del siglo XX. No le faltaba razón. Estaba asistiendo al primer gran desafío histórico que supuso para la propiedad burguesa, sacrosanto pilar del orden capitalista, la constitución del primer Estado obrero de la historia. 

Es, precisamente, la conflictividad derivada de este desafío y de las resistencias al mismo, el núcleo que, a partir de la Revolución Rusa, explica la historia contemporánea. Y es, precisamente, el interés “burgués” en camuflar este aspecto el que sustenta falacias interpretativas, como la que convierte la Revolución de Octubre en un golpe de estado leninista para imponer una dictadura, la que hace del stalinismo la consecuencia inevitable del Estado proletario de 1917 o la que alimentó durante décadas la imagen de la URSS como una amenaza para el “mundo libre”. De ahí, la necesidad de situarse en la historia real de la revolución y de la idea de comunismo como un ejercicio de memoria histórica, en beneficio de la ciudadanía. 

En esta línea, se inscriben las siguientes consideraciones: 

1) La Revolución Rusa fue un movimiento de masas, del que los soviets de obreros, soldados y campesinos, formados por delegados elegidos en las fábricas, los cuarteles, o las aldeas campesinas, fueron los órganos de representación popular y constituyeron, en toda Rusia, el núcleo del poder popular. 

2) Para Lenin y, en general, para los bolcheviques, la democracia era el requisito necesario para que el socialismo establecido tras el triunfo revolucionario conservase su victoria y condujera a la extinción del Estado como instrumento de dominación. Lenin representó el espíritu de los activistas bolcheviques y éstos, a su vez, el de las masas organizadas en soviets. De ahí, el llamamiento expresado en las famosas “Tesis de Abril”: “Todo el poder a los soviets”. 

3) La Revolución Rusa fue pacífica. La toma del Palacio de Invierno fue la culminación de un proceso social en el que el Gobierno Provisional había perdido toda capacidad de acción. La visión cinematográfica del acontecimiento, inmortalizada por Eisenstein, como una gesta heroica del pueblo en armas nada tiene que ver con la realidad. En toda Rusia el poder fue pasando de las manos de una clase a las de otra a medida que los poderes locales delegaban en los soviets el control de la situación. En este contexto, la disolución de la Asamblea Constituyente por el Partido Bolchevique en 1918, algo que ha hecho correr ríos de tinta liberal-anticomunista, no obedeció al deseo malévolo de imponer dictadura alguna (la democracia real estaba en los soviets), sino a la situación de emergencia que vivía el país. 

4) La legislación adoptada por el Consejo de Comisarios del Pueblo en Octubre de 1917 (retirada de la guerra, expropiación de las grandes haciendas para distribuirlas en parcelas campesinas, nacionalización de la banca, establecimiento del control obrero en las fábricas, reconocimiento de los derechos universales a la salud, la educación y a la igualdad entre hombres y mujeres...) supuso la abolición del feudalismo agrario y del capitalismo industrial y financiero, dependiente de la inversión extranjera, y prefiguró la sociedad socialista en su intrínseca relación con la democracia y los derechos humanos. Que el nuevo régimen pudiera mantenerse en un contexto de escasez generalizada dependía en gran parte de la solidaridad internacional, es decir, de la revolución mundial. Éste fue el punto de partida de la fundación en 1919 de la III Internacional. Sin embargo, la derrota de la oleada revolucionaria en Europa, que había forzado el fin de la Gran Guerra, frustró toda posibilidad de romper el aislamiento del régimen. La aceptación de la paz Brest Litovsk impuesta por Alemania en 1918, que significó paz a cambio de territorio y recursos, es decir, de ruina, se debió a la malograda esperanza bolchevique en la revolución alemana. 

5) La violencia y el terror no fueron desatados por la revolución sino por la contrarrevolución armada encarnada en el Movimiento Blanco y la vergonzosa intervención de las potencias aliadas, tan olvidada en la historiografía occidental como recordada en Rusia, donde costó la vida a millones de personas y provocó el derrumbe económico, la desintegración de la clase obrera y el despoblamiento de las ciudades por la huida al campo de la población urbana. 

6) Tras la guerra de 1918-1921, la capacidad de los trabajadores rusos para actuar colectivamente como clase había quedado aplastada. Venció el Ejército Rojo, pero la revolución quedó derrotada. De ahí que, tras la debacle, la única fuerza social organizada para operar en el plano nacional fuera la de los nuevos aparatos del partido y el Estado, nutridos por militares y burócratas que no habían participado en la revolución. 

7) Joseph Stalin, que había venido acumulando poder durante años, se convirtió en el delegado natural de la nueva burocracia dominante: la nomenklatura. La teoría del socialismo en un sólo país, elaborada en 1925, legitimó al nuevo poder. El fortalecimiento y consolidación en el poder de la nomenklatura se cimentó en el crimen político, perpetrado contra los veteranos de la insurreción de Octubre, y en el sacrifico social derivado de la implantación forzosa de un modelo de economía centralizada, cuyo objetivo era la equiparación militar con Occidente. Este modelo se basó en la uso de los excedentes procedentes del campesinado, sometido al proceso criminal de la colectivización forzosa, para financiar un ritmo vertiginoso de industrialización en bienes de equipo, infraestructuras y armamento, a expensas de los bienes de consumo. En realidad, un modelo asimilable a la acumulación primitiva de capital, denunciado por el propio Marx en su análisis del capitalismo, pero implantado por una burocracia estatal. ¿Socialismo o capitalismo de Estado? 

8) El poder de esta “burguesía de Estado” explica su supervivencia como oligarquía dirigente, directamente beneficiada por el salvaje proceso de privatizaciones que conllevó la restauración del capitalismo neoliberal tras la conmoción política provocada por la caída de la URSS. 

9) Por tanto, el stalinismo supuso la abolición de los principios que inspiraron la Revolución Rusa. El mecanismo ideológico para proclamarse, paradójicamente, heredero de los mismos fue la reorientación de las fórmulas verbales del marxismo con el fin de justificar las políticas públicas de la nomenklatura, la clase dominante durante toda la historia de la URSS. 

10) Es indudable el impacto mundial de la Revolución rusa y la URSS, convertida en superpotencia político-militar, con un papel decisivo en la derrota del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial y un poder de fascinación suficiente para conservar su aureola como testimonio revolucionario. La idea de comunismo se expandió por medio mundo como una llamada a la emancipación popular por la que valía la pena luchar y hasta dar la vida y tuvo su propio eco en el mundo occidental en la forma de lo que Joseph Fontana llama el “reformismo del miedo”, es decir, el reformismo social que dio lugar al Estado del Bienestar entendido como pantalla para neutralizar la influencia del “comunismo” en las clases populares. En esta linea, conviene también recordar que los partidos comunistas que dominaron la resistencia contra el nazismo en países como Francia, Italia, Yugoslavia y Grecia, cuyo potencial revolucionario fue aplastado tanto por Londres y Washington como por Moscú, también contribuyeron al nacimiento del Estado del Bienestar, que los partidos comunistas occidentales continuaron su lucha en espacios como el sindicalismo, la gestión municipal o las asociaciones de base, que, en el caso de España, Grecia y Portugal, lideraron la lucha contra la dictadura y por la democracia y que, en lo que respecta a la Europa Oriental, fueron en gran parte comunistas quienes se levantaron contra el modelo dictatorial soviético en nombre del “socialismo de rostro humano”. 

11) La intolerancia occidental a la existencia de la URRS, que dio origen a la Guerra fría, no fue por el carácter dictatorial del Estado soviético, sino por ser una construcción política desconectada del yugo imperialista occidental. La teoría de la amenaza soviética fue la manipulación criminal que sirvió para justificar la carrera armamentística. La URSS era una dictadura, sí, pero no la que pinta la propaganda occidental. El poder soviético nunca pretendió exportar la revolución y su apuesta geopolítica fue siempre la coexistencia pacífica. El objetivo real de la URSS en el diseño de la postguerra tras la Segunda Guerra Mundial no era la expansión territorial sino el establecimiento de garantías mínimas para su supervivencia como Estado. 

¿Qué podemos recuperar hoy en día de todo lo dicho? 

La caída de la URSS y de los regímenes de Europa Oriental sirvió a la ideología anticomunista para proclamar el triunfo definitivo de la “pax americana”, el mercado libre universal y la democracia liberal, “lo natural”, frente a los monstruos de la escasez y la tiranía generados por la utopía revolucionaria, “lo ideológico”. Sin embargo, la crisis actual del capitalismo ha puesto en evidencia a todos los que habían criminalizado las predicciones marxistas del aumento exponencial de las desigualdades por la concentración progresiva de la propiedad capitalista en pocas manos. 

Hoy, las realidades en las que se gestó el marxismo y la revolución están a flor de piel. Los anhelos emancipatorios se han reactivado y se han proyectado en un sinfín de movimientos sociales y organizaciones políticas que siguen apuntando a la acumulación de capital y al secuestro de la democracia por los patronos, gestores y gendarmes del gran capital como la piedra angular que explica la explotación de la fuerza laboral, el saqueo de los recursos del planeta y la represión política. De ahí que las viejas fobias destructivas del anticomunismo continúen en su pretensión de usurpar a la ciudadanía el lenguaje propicio para interpretar el mundo, interpretarse en él y participar en la construcción de alternativas basadas en la democracia, la igualdad y la cooperación. 

Desde esta perspectiva, hay que tener en cuenta la lección básica de la Revolución Rusa: la abolición directa de la propiedad privada y del intercambio regulado por el mercado, en ausencia de formas concretas de participación popular, resucita las relaciones de servidumbre y dominación. Sin embargo, ¿quién puede decir que esta constatación conlleve la condena en bloque de las aportaciones humanitarias del marxismo y el comunismo? 

La idea de comunismo no entraña el sacrificio de la individualidad a la colectividad anónima, como pretenden hacer creer sus enemigos, sino la plena realización humana en su inmersión en la solidaridad social. Exactamente, la antítesis del capitalismo liberal y del capitalismo de Estado. Lo dijo Marx: “El libre desarrollo de cada uno es condición para el libre desarrollo de todos”. En otras palabras, comunismo es bien común, en la teoría y la práctica.

Antonio Rubira León

27/07/2017
Tácticas y estrategias de la Revolución Como señala el Profesor Fontana, el centenario de la Revolución Rusa de octubre de 1917, debe servir para “sacar lecciones útiles para un presente de desconcierto e incertidumbre”. Yo añadiría, además, para comprender mejor las derrotas revolucionarias desde entonces. Aunque la lucha de clases se expresa siempre de forma concreta y todas las revoluciones bajo el capitalismo industrial... Seguir leyendo »

100 AÑOS: Hablemos de la Revolución de Octubre

MARGA FERRÉ* / ENRIQUE DEL OLMO*
Cien años del acontecimiento que partió el siglo XX. Un hecho que marcó la historia, generó esperanzas en cientos de millones de personas que vieron que otro mundo era posible, un hecho marcado por el peso de la voluntad y decisión política de cambiar la evolución rutinaria de los acontecimientos; una revolución con dos guerras mundiales encajonándola; un hecho que afectó a la vida y la muerte de millones de personas y que movió las conciencias y los valores en toda la humanidad.


Asistimos desde hace décadas a una ofensiva de la derecha y de los poderes económicos y mediáticos, donde la palabra comunismo toma el mismo sentido malévolo que los capitalistas siempre le dieron. La Revolución de Octubre, es para ellos, y así lo intentan fijar en las mentes de los ciudadanos, el mal absoluto y octubre un aborto sangriento de la historia. Una ofensiva ideológica y política que busca equiparar al fascismo con el comunismo, y que niega cualquier progreso colectivo de la sociedad, que apuesta por el orden de los poderosos como el único orden posible. Este es el primer gran rubro del debate social que se puede abrir. Pero no el único.

Por debajo de los hechos políticos, institucionales y militares más conocidos hay también una realidad poco divulgada y conocida como el conjunto de medidas y resoluciones que conducían a un cambio radical de las condiciones de vida de las personas y de las instituciones y que sobre todo, en el primer periodo de la revolución tenían un enorme potencial liberador.

El papel de la mujer
El carácter internacionalista de octubre es uno de los elementos más diferenciadores en relación a las revoluciones posteriores que se dieron esencialmente en el marco de la nación, aunque el germen internacionalista surgiese al calor de la organización de la nueva clase obrera a mediados del siglo XIX. La Revolución Rusa está marcada por esa pugna entre el internacionalismo y el repliegue nacionalista que acompaña el ascenso de Stalin al poder.

Obviamente el debate afecta a varias preguntas nodales: ¿Es posible una revolución en el mundo actual? ¿Qué revolución? ¿Qué componentes de aquel octubre perviven y cuales lastran el cambio social?

La degeneración estalinista del régimen nacido al calor de la Revolución de Octubre es un extraordinario campo para la controversia y el debate. ¿Estaba ya la inscrita la burocratización, en los genes del leninismo? ¿El bolchevismo es lo opuesto a la democracia? ¿Stalin es producto de la maldad de un sujeto o un proceso social que fue imparable? A pesar de todo ¿el estalinismo tuvo efectos positivos? ¿Internacionalismo y patriotismo son dos términos contrapuestos?

Hay un aspecto de la Revolución de Octubre que queremos resaltar en profundidad: el papel de la mujer en la misma. La lucha en el seno mismo del bolchevismo de Inessa Armand, de Alexandra Kollontai, de Kruspkaia,. O las aportaciones desde fuera del bolchevismo como las de Enma Goldman. Su lucha por la emancipación de la mujer obrera permitió que se aprobara el matrimonio civil, el derecho al divorcio, la legalización del aborto y un nuevo Código Civil, en el que se eliminó la supremacía del hombre sobre la mujer. El avance y su posterior regresión también deben ser objeto de análisis y debate.

Pero la Revolución Rusa no sólo fue un hecho en términos sociales, políticos y filosóficos. No sólo fue una agitación universal en el terreno de la lucha de clases. Sus manifestaciones en ámbitos como el arte, la cultura y la ciencia fueron extraordinarias. Corrientes como el supremacismo, el constructivismo, el surrealismo, el cine-ojo,... Escritores como Vladimir Mayakovski, Boris Pasternak o Sergei Esenin.

En el mundo de la pintura, a las figuras ya emergentes de Kandinski, Malévich y Marc Chagall se unen los jóvenes Rodchenko, Tatlin, Goncharova o Popova. El ya extraordinario panorama musical ruso se ve engrandecido y renovado por Stravinski, Rajmaninov, Shostakovitch y Pokrofiev. En el teatro con Stanislavski y Meyerhold. En pedagogía con Makarenko y Alexandra Kollontai,... y hoy el debate se abre también a estos ámbitos.

Desde entonces, nuevas revoluciones se han producido; triunfantes, derrotadas, degeneradas. Y hoy nuevos movimientos aparecen de forma imprevista en la escena social, nuevas generaciones que se atreven a cuestionar lo existente y que quieren cambiar el poder y la sociedad desde una perspectiva con una profunda raíz democrática. Pero también movimientos racistas, arcaicos, patriarcales, xenófobos, milenaristas que, aprovechando la injusticia global del planeta, surgen para intentar retrotraernos a la prehistoria. Y en este panorama, ¿es posible imaginar una sociedad de hombres y mujeres libres e iguales, como demandaba ya la Comuna de París? En 1917 hubo gente que lo creyó y lo hizo. Hablemos de ello.

Marga Ferré es Presidenta de la Fundación Europa de los Ciudadanos

Enrique del Olmo es Presidente de la Fundación Andreu Nin.

miércoles, 26 de julio de 2017

26 DE JULIO: Día de la Rebeldía Nacional

El 26 de julio de 1953 fuerzas del pueblo revolucionario cubano asaltaron los cuarteles de Moncada contra la dictadura de Batista y liderados por Fidel Castro. Estos hechos han pasado a la historia como el Día de la Rebeldía Nacional.

26 de julio de 1953. Fuerzas del pueblo revolucionario armado decidieron dar un asalto a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Granma. Estos hechos y este día han pasado a la historia, grabados en la memoria del pueblo cubano y del resto del mundo como el Día de la Rebeldía Nacional y antesala de las luchas que llevaron al triunfo definitivo de la Revolución Cubana en enero de 1959.


Cuba vive en plena dictadura del general Fulgencio Batista tras el golpe de estado del 10 de marzo de 1952. El dictador se hizo con el poder derrocando a Carlos Prío Socarrás apoyado por la CIA, y justificándose por tener al país sumido en la bancarrota e inmerso en drogas y juego.

Batista llegó al poder de la isla. Pero no hizo otra cosa que agravar la ya caótica situación de la población cubana que, de manera ilegal, gobernó hasta el primero de enero de 1959, día en que, junto a sus más estrechos colaboradores, huyó del país cargado de dinero público. Los santiagueros vivieron con Batista bajo una política alarmante y vacía de ética. Era un periodo caracterizado por la represión, la violencia, la persecución y el empeoramiento de las diferencias sociales.

Así lo entendió en su momento la llamada Generación del Centenario. El 28 de enero de 1953, 100 años del nacimiento de José Martí, de nacido, un grupo de jóvenes decidió continuar el legado de la Guerra Continua proclamada por el conocido Héroe Nacional Cubano. 

Con las primeras luces del día 26 de Julio de 1953, el grupo de  jóvenes  liderados por el entonces abogado Fidel Castro, se dirigieron hacia Santiago de Cuba. Querían reavivar los ideales de independencia del pueblo cubano. 

"Podrán vencer dentro de unas horas o ser vencidos; pero de todas maneras, ¡óiganlo bien, compañeros!, de todas maneras el movimiento triunfará"

Durante el mes de febrero, los protagonistas de la insurrección comenzaron los enfrentamientos de tiro, organizados en diferentes fincas de La Habana , y consiguieron confeccionar los uniformes del Ejercito con los que se disfrazarían para entrar en las zonas militares.

En junio, la granja Siboney, cerca de Santiago de Cuba, un viejo hospedero en Bayamo y dos casas de la ciudad, fueron el refugio de los futuros asaltantes. La noche anterior a los hechos, Fidel Castro distribuyó a los hombres en tres grupos: el primero en el que él mismo iría al frente atacaría el cuartel de la Moncada, el segundo al mando de Raúl Castro tomaría el Palacio de la Justicia, y el tercero, a cargo de Abel Santamaria, ocuparía el Hospital Saturnino Lora.

"Compañeros: Podrán vencer dentro de unas horas o ser vencidos; pero de todas maneras, ¡óiganlo bien, compañeros!, de todas maneras el movimiento triunfará. Si vencemos mañana, se hará más pronto lo que aspiró Martí. Si ocurriera lo contrario, el gesto servirá de ejemplo al pueblo de Cuba, a tomar la bandera y seguir adelante”, expresó el Manifiesto del Moncada, redactado por el joven poeta Raúl Gómez García y que se leyó antes de salir a la acción.

26 de julio de 1953. Fuerzas del pueblo revolucionario armado decidieron dar un asalto a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Granma. Estos hechos y este día han pasado a la historia, grabados en la memoria del pueblo cubano y del resto del mundo como el Día de la Rebeldía Nacional y antesala de las luchas que llevaron al triunfo definitivo de la Revolución Cubana en enero de 1959.

Durante el mes de febrero, los protagonistas de la insurrección comenzaron los enfrentamientos de tiro, organizados en diferentes fincas de La Habana , y consiguieron confeccionar los uniformes del Ejercito con los que se disfrazarían para entrar en las zonas militares.

En junio, la granja Siboney, cerca de Santiago de Cuba, un viejo hospedero en Bayamo y dos casas de la ciudad, fueron el refugio de los futuros asaltantes. La noche anterior a los hechos, Fidel Castro distribuyó a los hombres en tres grupos: el primero en el que él mismo iría al frente atacaría el cuartel de la Moncada, el segundo al mando de Raúl Castro tomaría el Palacio de la Justicia, y el tercero, a cargo de Abel Santamaria, ocuparía el Hospital Saturnino Lora.


El intento fallido de la toma del cuartel de la Moncada
Era domingo de carnaval aquel 26 de Julio de 1953 en Santiago de Cuba cuando, de madrugada – a las 5 y 15 a.m.-, un grupo de ciento setenta y cinco jóvenes inició el asalto. Los grupos de Raúl Castro y Abel Santamaría lograron asaltar los edificios colindantes al cuartel, pero un accidente hizo que el grupo de Fidel no lograra tomar la fortaleza.

Los jóvenes disfrazados se encontraron con una "guardia cosaca" que avisaron de la intrusión. Los asaltantes lograron una buena ofensiva y causaron al ejército treinta bajas, de ellas once muertos y diecisiete heridos. Pero el Moncada acogía en su interior a más de mil soldados, de modo que los revolucionarios optaron por retirarse, tras un combate de cerca de dos horas. 

Gran parte de los revolucionarios fueron asesinados y detenidos durante los asaltos

En caso de no poder tomar el cuartel, la consigna era retirarse a Siboney para, y desde allí, procurar llegar a las montañas de la Sierra Maestra y proseguir la lucha. Pero tampoco la retirada resultó de manera satisfactoria. 

La represión tras los asaltos: De 70 combatientes muertos, solo ocho cayeron en combate

La represión desatada por los tiranos contra los asaltantes fue de lo más salvaje; Apresados tras el asalto, a Abel Santamaría le sacaron los ojos y a Boris Luis Santa Coloma le arrancaron los testículos. Una veintena de combatientes fueron sacados con vida del Hospital Saturnino Lora y trasladados por los soldados de la dictadura al cuartel, donde por orden de Batista, fueron asesinados a diez prisioneros por cada soldado muerto. 

Haydée Santamaría y Melba Hernández también fueron detenidas y llevadas al Moncada. Estas dos mujeres fueron testigos de excepción de la masacre allí cometida. Se libraron de ser asesinadas gracias a un fotógrafo, que acompañaba a la periodista Marta Rojas, simuló hacerles una fotografía (a pesar de no tener película en la cámara) y, regándose la noticia de que en el cuartel había dos mujeres detenidas, los soldados ya no podían presentarlas como muertas en combate. 

Estos son solo algunos ejemplos pero la brutalidad de la violencia ejercida llegó a límites inimaginables. De las 70 personas que murieron el 26 de julio y en días posteriores a manos de la tiranía, sólo ocho cayeron en combate; el resto de los cadáveres, sin excepción alguna, presentaban signos de evidentes mutilaciones y salvajes torturas.

El alegato de Fidel: "La historia me absolverá"
Cuando fueron detenidos, Fidel fue separado del resto de sus compañeros. Su juicio se celebró en una pequeña sala del Hospital Saturnino Lora. Era 16 de octubre de 1953 y, en la autodefensa, pronunció su alegato final conocido como La historia me absolverá.

Su alegato se convirtió en el programa político del nuevo movimiento revolucionario de Cuba: la lucha desde y para los sectores populares. El alegato reivindica el derecho a la rebelión, y lejos de exculpar sus actos, proclama la justa defensa ante la ilegalidad del gobierno golpista. 

"En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no lo ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa, la historia me absolverá" expresa el último párrafo de la defensa del comandante.

 Al igual que sus compañeros, Fidel permaneció en la cárcel hasta el 15 de mayo de 1955. Una vez estuvo en libertad, y en total clandestinidad, creó la organización político-militar Movimiento 26 de Julio, con Che Guevara, Haydee Santa Maria, Melba Hernadez o Vilma Esoin en sus filas.

"No temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos"

En diciembre de 1956 un grupo de 82 guerrilleros, al frente del Fidel, se embarcaron en México en el Yate Granma para desembarcar en la Playa de las Coloradasm em el Oriente Cubano. Tras un mal comienzo con numerosas bajas, un grupo de 20 personas, el Ejército Rebelde, consiguieron instalarse en una base guerrillera en la Sierra Maestra. Este fue el comienzo de la lucha y revolución que derrocó a la dictadura en la grandiosa victoria del 1 de enero de 1959.


El propio Comandante en Jefe, Fidel Castro, ha conmemorado en muchas ocasiones las acciones del 26 de julio, recordándolas como "un nuevo camino al pueblo; que marcó el inicio de una nueva concepción de lucha, que en un tiempo no lejano hizo trizas a la dictadura militar y creó las condiciones para el desarrollo de la Revolución'.


La no consecución de los planes trazados fue un fracaso militar, pero sin lugar a dudas, se articuló como un éxito moral y político al marcar  la ruta de la posterior lucha guerrillera que culminó con el Triunfo de la Revolución Cubana.