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viernes, 21 de julio de 2017

100 AÑOS: A 100 años de revolución rusa y del octubre soviético

POR IZQUIERDA REVOLUCIONARIA

¡A los ciudadanos de Rusia!

25 de octubre [7 de noviembre] de 1917, 10 de la mañana

El Gobierno Provisional ha sido depuesto. El Poder del Estado ha pasado a manos del Comité Militar Revolucionario, que es un órgano del Sóviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado y se encuentra al frente del proletariado y de la guarnición de la capital.

Los objetivos por los que ha luchado el pueblo —la propuesta inmediata de una paz democrática, la supresión de la propiedad agraria de los terratenientes, el control obrero de la producción y la constitución de un Gobierno Soviético— están asegurados.

¡Viva la revolución de los obreros, soldados y campesinos!

El Comité Militar revolucionario del Sóviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado [texto escrito por Lenin]


Este año se cumple el centenario de la Revolución de Octubre, cuando los trabajadores, los soldados y los campesinos pobres de Rusia se sacudieron siglos de opresión y humillación bajo el zarismo, acabaron con el poder de la burguesía y los terratenientes, y establecieron las bases para una nueva sociedad. Los gigantescos acontecimientos que tuvieron lugar en Rusia entre febrero y octubre de 1917 conmocionaron al mundo entero porque fueron la demostración de que los esclavos podían liberarse del yugo de sus amos, que las masas oprimidas podían organizar la sociedad sin el concurso de sus explotadores. La onda expansiva de la Revolución de Octubre se sintió inmediatamente en todo el mundo: Alemania, Austria, Hungría, Finlandia, Italia, Bulgaria, el Estado español, los países coloniales… La clase obrera de todos los continentes fue contagiada por el mensaje de Octubre y los bolcheviques, y apoyándose en su ejemplo crearon la organización revolucionaria más importante que la historia haya conocido jamás: La Internacional Comunista. Nunca antes el capitalismo había estado tan amenazado.

Defender el legado de Octubre y del bolchevismo

En el prólogo a su obra sobre la revolución rusa, Trotsky señala: “El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen. Dejemos a los moralistas juzgar si esto está bien o mal. A nosotros nos basta con tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo. La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos”.

Cien años después, Octubre sigue teniendo una enorme significación histórica para los trabajadores y jóvenes que luchamos contra el orden capitalista. Las lecciones de aquella revolución deben estudiarse a la luz de los acontecimientos del presente. Para la mayoría de los dirigentes de las organizaciones tradicionales de la izquierda (ex socialistas, ex comunistas, ex sindicalistas), y para no pocos de las nuevas formaciones de la izquierda reformista, la revolución rusa es un hecho histórico sin la menor trascendencia práctica en la actualidad y, cuando no la denigran, no cesan de difundir una imagen distorsionada y falsa de la misma. Por supuesto, esto no es ajeno al papel de estos individuos en la lucha de clases. Muchos de ellos se han convertido en apologistas de la estabilidad del capitalismo, y con su política de colaboración de clases hacen viable la agenda antiobrera de la burguesía, sus recortes y austeridad. Todos estos sectores han abandonado cualquier vínculo con las ideas del socialismo y del marxismo, y jamás se podrán conciliar con la revolución rusa.

Los reformistas del movimiento obrero, vulgares transmisores de los prejuicios y mentiras que la burguesía ha fabricado durante décadas, no se cansan de repetir que la revolución rusa fue un golpe de Estado que condujo inevitablemente a la dictadura estalinista. Cualquiera que haya estudiado honestamente la génesis y el desarrollo de la Revolución de Octubre llegará a la conclusión de que esa visión no es más que una grosera falsificación. Nunca la historia ha registrado una revolución más popular, más participativa y democrática. Nada más alejado de un golpe de mano que la toma del poder protagonizada por los trabajadores y los soldados rusos en Petrogrado y Moscú el 7 de noviembre de 1917 [25 de octubre según el calendario occidental], una insurrección sancionada por el II Congreso de los sóviets de toda Rusia, la representación más genuina, directa y democrática de las masas rusas.

Octubre ha sido una de las gestas más importantes de la humanidad por su carácter liberador y consciente. Por primera vez en la historia, el objetivo de una revolución no fue perpetuar la división de clases, la explotación económica o el Estado como instrumento de opresión (como ocurrió con las grandes revoluciones burguesas), sino eliminar esas reliquias de la sociedad clasista y crear las condiciones materiales y culturales para un salto sin precedentes en la civilización.

El programa socialista e internacionalista de la revolución rusa y del Partido Bolchevique —dirigido por Lenin y Trotsky—, de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista, siguen estando vigente para los revolucionarios de hoy en día. Las tareas y problemas que afrontaban los marxistas en 1917 son, esencialmente, semejantes a los planteados en la actualidad, cuando la crisis más aguda del capitalismo en setenta años extiende su mancha de desigualdad, paro masivo, opresión nacional, guerras imperialistas y destrucción del medio ambiente, amenazando el futuro de la humanidad. En los países capitalistas desarrollados e imperialistas, en Latinoamérica, en Oriente Medio…toda la experiencia histórica transcurrida desde el Octubre soviético demuestra que no hay terceras vías para conseguir la emancipación de los trabajadores. Las ilusiones en la posibilidad de una suerte de “capitalismo de rostro humano”, idea que cobró fuerza entre sectores de la intelectualidad de izquierdas tras el colapso de la URSS y los regímenes estalinistas de Europa del Este, fue una consecuencia más de la ofensiva ideológica de la burguesía contra las ideas del socialismo. El único capitalismo posible es el que estamos sufriendo, una pesadilla cotidiana para cientos de millones de seres humanos.

Desde Izquierda Revolucionaria vamos a celebrar este gran aniversario con todo tipo de actividades. En el mes de febrero lanzaremos una web específica sobre la revolución rusa, que contará con todos los escritos esenciales de sus protagonistas principales, un amplio archivo documental, materiales de actualidad, crítica del estalinismo, textos de la Tercera Internacional y la Oposición de Izquierda, fondo de imágenes, videos y carteles, y mucho más. También en colaboración con la Fundación Federico Engels publicaremos y reeditaremos los libros fundamentales de la revolución, como Historia de la Revolución Rusa de Trotsky, Diez días que conmovieron al mundo, de John Reed, y otros no tan conocidos pero que representan una excelente crónica de aquellos acontecimientos como el libro de Alfred Rosmer, Moscú bajo Lenin.

Conocer, estudiar, comprender las lecciones de la revolución rusa de 1917 es una obligación para todos los que luchamos por la transformación de la sociedad, sobre todo para quienes nos consideramos comunistas. Tras décadas de falsificación del marxismo a manos de la burocracia estalinista, reconvertida ahora en la nueva clase capitalista de Rusia, es imprescindible volver a las esencias de Octubre, al auténtico leninismo. Este es el único camino para garantizar la victoria de la clase obrera mundial en las duras pruebas que se avecinan.

martes, 18 de julio de 2017

100 AÑOS: Octubre es del siglo XX


Por JOSE ANTONIO ERREJÓN
El centenario de la Revolución de Octubre y el balance de este siglo de historia en buena medida determinada por ella nos colocan ante lo que, creo, es la cuestión más importante, saber si y en qué medida Octubre sigue operando como el gran foco de aliento y esperanza para millones de personas que en diversas zonas del mundo sufren la injusticia y la opresión y aspiran a una vida distinta. 

Hace casi treinta años que vinieron abajo con una imprevista facilidad la mayor parte de los regímenes políticos que se declaraban herederos del Octubre del 17 y los que se mantienen o bien lo hacen en situación más que precaria como Cuba o alimentan, como China, una modalidad de capitalismo de Estado imprescindible para la continuidad del sistema global. 

Ello podría hacer pensar que Octubre y su legado son un fenómeno limitado al siglo XX, que nacieron y murieron con él. Esta limitación temporal vendría así a unirse a otras limitaciones ya señaladas por sus propios coetáneos: Pannekoek, Rosa, Gramsci y las izquierdas italianas y holandesas que, entre otros, señalaron las limitaciones de la experiencia bolchevique; en la medida misma en que lo fue, es decir, en la medida en la que el original impulso consejista y socialista, cedía el paso a las tareas de construcción del Estados Soviético. 


Sea como fuere, parece evidente que el aliento libertario presente en él “Estado y la Revolución” no pudo sobrevivir a la dura experiencia de la construcción y defensa del Estado bajo Stalin y sus sucesores. A partir del 53 en Berlín, del 56 en Budapest y del 68 en Praga quedó claro que Octubre ya solo servía como litúrgica invocación para la gerontocracia soviética y que el movimiento obrero que, siquiera parcialmente, obedecía sus consignas lo fue paulatinamente abandonando. 

Que esta tendencia de abandono coincidiera con la del debilitamiento del propio movimiento obrero y su acorralamiento por la triunfante revolución neoliberal, ha llevado a algunos a certificar el fin y la imposibilidad misma del movimiento obrero y a añorar los viejos y buenos tiempos de la URSS y sus efectos atemorizantes de la burguesía y del imperialismo. 

Creo, sin embargo, que los límites de Octubre y del leninismo no son tan distintos de los que han aquejado a la socialdemocracia y tienen que ver con que su crítica del capitalismo se ha reducido en la injusta distribución del valor producido y no en el hecho mismo del trabajo abstracto, la lógica que ha llevado al sistema a los efectos devastadores de la vida social y natural que hoy padecemos. 

La asfixia de la vida política y ciudadana, la construcción de Estados burocráticos y opresores y el sometimiento de pueblos enteros en nombre del socialismo y del comunismo, han sido sólo avatares de la consolidación, en la periferia del sistema, de un Estado encargado de las tareas que los capitalismos del centro habían construido un siglo antes. 


Son varios los rasgos de Octubre y el leninismo que desaparecen con el siglo XX : la concepción militar del partido y la militancia, la clase como portadora de una misión histórica cuya verdad es revelada por los conocedores de la “Ciencia de la Revolución”, una concepción del capital financiero y del imperialismo que hoy todo lo más puede suscitar ternura por su ingenuidad, su valoración positiva de fenómenos como el capitalismo de estado los monopolios o el taylorismo, etc. etc. 

En el transcurso de este siglo y especialmente en las cuatro últimas décadas hemos asistido a fenómenos que cuestionan el leninismo e incluso algunas previsiones marxianas. Por no alargar en exceso estos comentarios citaré uno: la reducción del peso del factor trabajo por unidad de producto, la creciente expulsión del trabajo de los circuitos productivos que ni siquiera la mercantilización y salarización de los cuidados consiguen contrarrestar, haciendo crecer la bolsa de los excluidos. Una sociedad del trabajo sin trabajadores o, mejor, la salida de la sociedad del trabajo en el interior mismo del salariado y de las relaciones sociales capitalistas. La extensión del asalariado, incluso el fenómeno de la nueva pauperización no han abocado a una nueva proletarización (en todo caso a una lumpenproletarización). 

La desaparición del proletariado como sujeto histórico destinado a la construcción del socialismo no ha sido sustituida por sujeto alternativo alguno, a pesar de su incesante búsqueda en la segunda mitad del pasado siglo. 

Pero, además, la dialéctica histórica del capital a través de la lucha de clase no ha producido alternativa alguna a partir de su antagonismo. Ha desaparecido de la escena el que debía ser enterrador del capitalismo y el funcionamiento de este no genera contradicción alguna que resulte irresoluble dentro de su lógica de funcionamiento 

El déficit de Octubre y su herencia, lo que a estas alturas yo le puedo “criticar, es la insuficiencia de su anticapitalismo, el grado en el que ha podido compartir elementos nucleares de esta civilización. Esta civilización que parece haber perdido toda noción de límite y parece abocada a alguna o varias modalidades de catástrofe: el agotamiento de las reservas energéticas, el agua dulce y las materias primas, la extinción de buena parte del patrimonio biológico o el acelerado proceso de calentamiento global parecen ser los únicos frenos a esta civilización desbocada, los límites que en su lógica interna ha sido imposible encontrar. 

¿Podían Octubre y sus protagonistas descubrir la verdadera faz del capitalismo, el núcleo profundamente inhumano y ecocida que hemos conocido ya en la segunda mitad del siglo XX?. Es más que probable que no; aun cuando para entonces el capitalismo había mostrado ya la terrible cara del colonialismo, el imperialismo y la guerra (contra los que Lenin y sus compañeros, al contrario que la socialdemocracia internacional, supieron levantar la indignación de los más desposeídos), las taras del movimiento obrero y la naciente Internacional estaban vinculadas a lo que parecía el objetivo inmediato, el derrocamiento de los regímenes capitalistas y la apertura de regímenes de transición socialista. 

Que tales regímenes se legitimaran desde el punto de vista de la pretendida teoría marxista, como dictaduras del proletariado, utilizando un pasaje circunstancial de la obra de Marx y, sobre todo, que tal período histórico transitorio, fuera interpretado en la particular cosmogonía staliniana, como las terribles dictaduras que hemos conocido en Europa y en otras latitudes, es otra de las tragedias que la historia ha deparado a un movimiento nacido para la procura de la libertad, la dignidad y la emancipación de los pobres de la Tierra. 

No podemos saber cómo hubiera sido esta historia sin la Revolución de Octubre. Pero si sabemos qué hace cien años millones de obreros y campesinos imaginaron que la vida podría ser algo distinto de la explotación brutalidad y sufrimiento que les había acompañado desde su nacimiento. 

Y a esa esperanza la llamaron Lenin. 

100 AÑOS: Reflexiones sobre las revoluciones de 1917


Por CÉSAR ROA

La mirada del triunfador no suele conducir a una comprensión más cabal de la historia. Para quien se encuentra poseído por la creencia de que los individuos, clases sociales o naciones más merecedores del éxito han ganado la partida, el pasado aparece exclusivamente como el escenario en el que los vencedores van perfilándose y derrotando progresivamente a sus rivales hasta la apoteosis final del presente. La historia queda degradada al relato de la marcha victoriosa de las actuales clases dominantes sobre los obstáculos que ocasionalmente han intentado frenarla. 

Dentro de esta perspectiva, las revoluciones sociales que una vez se alzaron contra el orden social ganador se ven caracterizadas como esfuerzos vanos condenados al fracaso que sólo han logrado detener una evolución que ya venía dictada por las leyes inapelables de la historia. Para un mundo en el que reina indiscutida la hegemonía del capitalismo más depredador, las revoluciones rusas de 1917 sólo sirven como recordatorio de las catástrofes que acechan cuando se pretende violentar el veredicto de la marcha de la historia. 


Sin embargo, las revoluciones de 1917 siguen allí y su presencia sigue despertando el interrogante de por qué se produjeron, qué es lo que llevó a masas humanas a rebelarse contra un estado de cosas y a imaginar unos futuros distintos a los que estamos viviendo. La óptica triunfalista tiende a responder a esta pregunta de una manera tajante: porque un puñado de conspiradores imbuidos de una ideología fanática supieron apoderarse del aparato del Estado, lavar el cerebro de la población y apartar a Rusia de la senda del progreso a la que iba destinada. Así, las revoluciones de 1917 no merecen ser recordadas, ni mucho menos conmemoradas, salvo como advertencia de los riesgos que anidan en todo cambio brusco de las condiciones actuales de dominación. 

El punto ciego de esta interpretación es que para explicar los acontecimientos sólo puede limitarse a los pensamientos y acciones de los grandes personajes, es decir, a una visión de la historia “desde arriba”. En otras palabras, en esta interpretación no hay cabida para revoluciones surgidas “desde abajo”, para cuestionamientos del orden vigente a partir de las acciones y proyectos de la gente común. 

Y en efecto, de eso se trataron las revoluciones de 1917 de un cuestionamiento generalizado del imperialismo y de la guerra, del trabajo y de la disciplina en las fábricas y cuarteles, de la privatización de las tierras comunales y de los procesos de proletarización de los campesinos, de la negación de los derechos políticos y culturales de las minorías nacionales y étnicas y del predominio del nacionalismo ruso, en suma, de un cuestionamiento radical de la legitimidad de los poderes tradicionales, fueran estos políticos, culturales, religiosos o familiares. Entre marzo y noviembre de 1917 mujeres, campesinos, obreros y soldados se rebelaron contra las jerarquías vigentes, no porque renunciasen a su capacidad de entendimiento y de acción, sino, por el contrario, porque las pusieron en práctica, ya que no podían dejar de constatar que lo prometido por los poderes tradicionales se daba de bruces con la cruda realidad cotidiana. 

Al partido bolchevique le tocó el papel de pilotar unos procesos revolucionarios que ya se habían desatado desde antes de la toma del Palacio de Invierno. En cierto sentido, el partido bolchevique fue instigador y tribuno y a la vez liquidador y sepulturero de las esperanzas revolucionarias. Derrotados los ejércitos blancos, el nuevo Estado tendría que reconstruir una economía destrozada y al mismo tiempo disponer de un potencial militar con el que disuadir y llegado el caso repeler agresiones externas de los países vecinos. Así, la industrialización de la Unión soviética tomó prioridad frente a proyectos más utópicos que habían eclosionado en los años revolucionarios. Para ello, las nuevas autoridades soviéticas dirigieron la vista a los modelos económicos, organizativos y tecnológicos que supuestamente auguraban un rápido desarrollo industrial. 

Siendo la URSS un territorio principalmente agrario de pequeñas explotaciones tendentes al autoconsumo, de métodos de cultivo rudimentarios y de gestión y propiedad comunitaria de la tierra, el liderato soviético de finales de la década de 1920 creyó encontrar la panacea para la modernización de la agricultura (y a la postre del resto de la economía) en las grandes explotaciones de Estados Unidos, en concreto en las fincas del empresario Thomas Campbell de Montana, unas fincas de grandes dimensiones que aplicaban métodos de cultivo, recolección y trilla estandarizados y altamente tecnificados. En 1928, Stalin decidió trasladar los esquemas de Campbell al campo soviético porque prometían un extraordinario aumento de la producción de trigo, con el que generar excedentes para la exportación y para el abastecimiento de unas ciudades en rápida expansión. 


Paradójicamente, el modelo de grandes explotaciones agrarias acarreaba también unos problemas graves (como iban a padecer los propios Estados Unidos durante la década de 1930) que sus deslumbrados defensores no querían percibir. Uno básico era que a mayor extensión del terreno, mayor la variabilidad de la calidad de los suelos y menor la idoneidad de la aplicación de los mismos métodos estandarizados sobre un mismo territorio. La brutal transformación del campo soviético durante el primer plan quinquenal, la resistencia de los propios campesinos a abandonar sus modos de vida tradicionales, el sacrificio del ganado como medio de protesta, la insuficiente dotación de tractores, la apresurada (y deficiente) formación de los cuadros técnicos, la rígida fijación de objetivos cuantitativos y el desconcierto ante su persistente incumplimiento, las sequías de 1931 y 1932 y, no menos importante, la obcecación en que los métodos de producción industriales eran perfectamente trasladables a la agricultura y que su fracaso sólo podía deberse a la mala fe o al sabotaje se conjugaron en crear una tragedia humana de terribles dimensiones. 

Pero las catástrofes de la industrialización de la agricultura no son atribuibles a los sueños y esperanzas revolucionarias de 1917, sino más bien a su olvido y a su reemplazamiento por una fe ciega y acrítica en el poder de las tecnologías industriales más sofisticadas como solución a todas las contradicciones políticas y sociales que atraviesan los pueblos que buscan su propia senda en un mundo inmerso en una despiadada lucha darwiniana entre países y empresas. 


100 AÑOS: El Estado y la Revolución de Octubre


Por JOSE LUIS DE ZÁRRAGA

Fontana abre un abanico muy amplio de temas sobre la revolución rusa y el desarrollo de la sociedad soviética. En este centenario tendremos ocasiones para discutir todos esos temas, que no son cuestiones históricas que se agotan en sí mismas sino punto de partida fundamental para reflexionar y debatir sobre la construcción del socialismo. Pero para empezar, sería bueno fijar la atención en el acontecimiento que ahora se conmemora: la revolución soviética de octubre de 1917 y su desarrollo inicial en los años críticos de 1917 a 1923, el periodo que va desde la toma del poder hasta la desaparición de Lenin, en el que se consolida el poder de los bolcheviques en medio de la catástrofe, primero, de la guerra civil y las intervenciones extranjeras y, luego, del hambre y la crisis económica. 


Volver la vista sobre algo sucedido ya hace un siglo no es una desviación inútil de los problemas actuales. En 1917 se inicia un movimiento que, a través de ciclos de luchas muy distintas en su naturaleza, continúa hoy en el rechazo de la sociedad de dominación y explotación, y en el intento de encontrar vías para construir una sociedad distinta, otro mundo. Es necesario volver la vista sobre la revolución de 1917 porque la batalla sobre la historia, sobre su memoria y su interpretación, es fundamental: es un objetivo estratégico de las clases dominantes borrar la memoria de las luchas emancipatorias e implantar de ellas y de sus vicisitudes y fracasos una interpretación que las descarte como alternativa viable; y, frente a ello, ha de ser tarea fundamental de las clases dominadas la recuperación de la memoria y la interpretación justa y el aprendizaje de las luchas emancipatorias históricas. 

En este caso, además, hay que evitar el error, en el que se ha caído tanto desde la derecha como desde la izquierda, de una interpretación del curso de la revolución bolchevique que sitúe la clave de sus problemas en la personalidad maligna de Stalin: si el stalinismo fue posible no es porque Stalin se hiciera con todo el poder, sino que Stalin se hizo con todo el poder y se desarrolló el stalinismo por errores y circunstancias que hunden sus raíces políticas, ideológicas y socioeconómicas mucho más allá de su personalidad y que hay que analizar correctamente si se desea extraer lecciones de la experiencia de la revolución soviética. 

La primera ‘lección’, que se repetirá infinitas veces luego hasta hoy mismo, es que ante un movimiento revolucionario, las clases dominantes responderán siempre con una guerra sin cuartel, que utilizarán todos los medios –pacíficos y violentos, legítimos e ilegítimos- para abortarlo. El primer objetivo, si el movimiento revolucionario llega a acceder al poder, será su aniquilación, aun a costa de la destrucción de toda la infraestructura económica y de los millones de muertos que sean necesarios para ello. Así, en Rusia, entre 1918 y 1920, con la guerra civil y con las intervenciones militares tanto de las potencias aliadas como de germanos y polacos. 

Una vez fracasados todos los intentos de derrocar por la fuerza el poder soviético, el objetivo estratégico de sus enemigos será hacer fracasar la revolución, impedir que pudiera alcanzar sus objetivos mínimos, con boicots y bloqueos que se inician ya en 1918 y que continuarán a través de guerras frías y calientes tanto tiempo y con tanto coste como fue necesario. 

Por la continuidad entre la Revolución ‘democrática’ de Febrero y la de los Soviets de Octubre, fue una cuestión política central de aquel proceso en sus años iniciales la de la relación entre los objetivos democráticos y los socialistas, con lo que se venía a plantear por primera vez en la práctica la cuestión de la relación entre Democracia y Socialismo. Dejando a un lado los condicionantes concretos de aquella coyuntura y considerando la cuestión desde nuestra perspectiva, este es sin duda el punto en el que la elaboración teórica y la práctica bolchevique durante aquellos primeros años son más discutibles, de las que se derivarán luego graves errores teóricos y desviaciones ideológicas fatales en los años del stalinismo. La cuestión no son las prácticas autoritarias y centralistas de aquel primer periodo –que no tenían probablemente alternativa práctica viable, en las condiciones de emergencia en las que se adoptaron-, sino su conversión en principios teóricos e ideológicos de la construcción del socialismo, convirtiendo un mal necesario en bien deseable, la necesidad viciosa en virtud. 

Otra cuestión sobre la que la revolución soviética ofrece materia fundamental de análisis –que se mantendrá viva desde entonces hasta ahora, aunque en diversas formas- es la subsistencia de relaciones sociales capitalistas –económicas e ideológicas- en el marco de transformaciones políticas revolucionarias y coexistiendo con ellas, y la necesidad –y la dificultad- de sustituir las relaciones de explotación y dominación por nuevas relaciones sociales. 

Hay que decir, sin embargo, que, si nos centramos en el periodo revolucionario hasta la muerte de Lenin en 1924, la revolución soviética, con todos sus errores, realizó en muy pocos años la mayor y más profunda transformación social que ha visto la historia. No puede decirse –como Fontana dice- que “en el verano de 1918… se estancó el programa de transformación social iniciado en 1917”. Por el contrario, ese programa, aunque con las modificaciones impuestas por las condiciones de la coyuntura, se concretó y se aceleró al máximo. Entre 1917 y 1920, forzados por las circunstancias, las transformaciones sociales en Rusia fueron más extensas y profundas de lo que nunca se había pensado que pudieran ser. 

Dice también Fontana que la revolución rusa renunció al ideal leninista de abolición gradual de todos los mecanismo de poder del estado; pero hay que decir que, al menos en esos primeros años, Lenin y los bolcheviques hicieron muchos esfuerzos por no renunciar a ese ideal, manteniéndolo y defendiéndolo pese a lo utópico e irreal que patentemente era, aunque se viesen forzados por las circunstancias a aplazarlo. Y no es que los bolcheviques se escudasen para ello en la necesidad de defender la revolución de sus enemigos, sino que no les quedaba otro remedio que ese, les gustara o no, para defender la revolución. 

Una cuestión más general y abstracta, aunque no menos importante, que la experiencia de la revolución rusa plantea es la de la relación entre teoría y práctica, entre posiciones ideológicas y posicionamientos pragmáticos. Es esta una cuestión fundamental porque en la base de la crítica a la sociedad capitalista y de la construcción de una sociedad socialista está un análisis teórico de sus estructuras políticas y económicas y una ideología de rechazo de aquella sociedad. La articulación entre estos análisis y esa ideología, por una parte, y, por otra, las políticas y la estrategia del cambio hacia una sociedad socialista en las condiciones objetivas en que haya de producirse plantea unos problemas extremadamente complejos que, por primera vez (y en las peores condiciones) se enfrentan en Rusia en 1917. Pero, simplificando al máximo, mi opinión es que los bolcheviques, entre 1917 y 1923, en las condiciones a las que se enfrentaron hicieron todo lo posible por orientar su estrategia y sus acciones de acuerdo con el análisis teórico marxista y, sobre todo, por ser fieles a su ideología revolucionaria. Y que, a diferencia de sus críticos social-revolucionarios, mencheviques y de la oposición obrera, comprendieron que los conceptos teóricos han de aplicarse a las condiciones de la realidad y no ignorarlas, y la ideología ha de guiar la acción, no inhibirla.


100 AÑOS: LA REVOLUCIÓN QUE REINVENTÓ EL MUNDO


La Revolución que reinventó el mundoLa conmemoración del centenario de la revolución rusa de octubre de 1917 debería llevarnos a una evaluación razonada de sus aciertos y sus errores, de la cual podamos sacar lecciones útiles para un presente de desconcierto e incertidumbre.Entre sus aportaciones positivas figura en primer lugar la de haber alentado en todo el mundo las esperanzas de cambio y la voluntad de protesta de los de abajo hasta forzar a los gobiernos del capitalismo avanzado a desarrollar políticas de “reformismo del miedo” para defenderse de la amenaza potencial de la subversión. Fue en gran medida el miedo al comunismo lo que favoreció que la socialdemocracia crease lo que llamamos el estado del bienestar, basado en una redistribución de los beneficios de la actividad económica. La prueba de ello es que cuando, a fines de los años setenta, desapareció el miedo al comunismo,comenzó el desguace del estado del bienestar y se inició la etapa de desigualdad creciente en que estamos hoy sumergidos. Otra de sus aportaciones decisivas fue su contribución al proceso de descolonización, un campo en el que los comunistas se mantuvieron activos desde que en 1927 inspiraron la reunión en Bruselas de la Liga contra el imperialismo que reunió a representantes de 134 organizaciones, procedentes de 37 territorios coloniales distintos, con la participación de figuras como Sukarno, Nehru, Haya de la Torre, Messali Hadj y una amplia representación del Kuomintang chino. Un año más tarde, en septiembre de 1928, el sexto congreso de la Internacional comunista publicaba unas Tesis sobre los movimientos revolucionarios en los países coloniales y semicoloniales en que se planteaban los métodos con que ayudar a las “revoluciones democrático-burguesas” de estos países. 


Entre sus errores más graves figura el de haber renunciado al ideal leninista de crear una sociedad que, tras una fase transitoria de dictadura del proletariado, procedería a abolir gradualmente todos los mecanismos de poder del estado –la policía, el ejército y la burocracia- iniciando así el camino hacia su desaparición y hacia una sociedad en que se preveía incluso el fin del trabajo asalariado. Lejos de ello, el poder soviético acabó erigiendo un estado opresor, escudándose en la necesidad de defender la revolución de sus enemigos internos y externos.Para entender cómo ocurrió esto hay que ir hasta la génesis de la revolución. Su planteamiento inicial, desde febrero de 1917, repetía la fórmula de los partidos socialdemócratas tradicionales: convocar una asamblea constituyente, establecer una república democrático-burguesa y emprender el camino de una lenta evolución hacia el socialismo. Fue Lenin quien en abril de 1917, haciéndose eco de la crítica a la socialdemocracia que Marx había formulado en 1875, propuso ir más allá y forzar el paso inmediato a una sociedad socialista. Seis meses más tarde, en octubre, era evidente que el gobierno que presidía Kerensky no podía seguir conteniendo la disolución del ejército y el malestar de obreros y campesinos, de modo que la toma del poder por un gobierno de los soviets se produjo con facilidad.

En lo que se había equivocado Lenin era en sus previsiones de que el capitalismo europeo estaba en trance de “venirse abajo”. Lejos de ello, replicó armando a los participantes en una llamada “guerra civil” en que intervinieron, directa o indirectamente, hasta dieciséis países distintos, que causó ocho millones de muertos y destruyó por completo la economía.

El programa de transformación de la sociedad que se había iniciado en 1917 se estancó en el verano de 1918 como consecuencia del inicio de una revuelta en que participaban a la vez los partidarios de la asamblea constituyente y las fuerzas del zarismo, armadas por las potencias capitalistas. La denuncia que Kaustky hizo en Die Diktatur des Proletariats, presentando lo que ocurría en Rusia como el enfrentamiento entre un socialismo democrático y una dictadura bolchevique,demostraba que no había entendido lo que estaba ocurriendo realmente. 


La ”guerra civil” se ganó gracias al apoyo de los obreros y los campesinos, pero lo que en octubre de 1917 era un poder representativo de los soviets se había convertido entre tanto, por las circunstancias de la guerra, en una dictadura bolchevique, contra la que en 1921 protestaban los obreros de Petrogrado y los marinos de Kronstadt. Lenin consideró que era necesario mantener este control político mientras se emprendía una campaña de reconstrucción económica, como condición necesaria para reemprender el programa de transformación social.

Tras la muerte de Lenin este proyecto pudo haber seguido sobre la base de la continuidad de la Nueva Política Económica y del desarrollo de los métodos de planificación que elaboraba el Gosplan, como proponían Bujarin o Rykov. Pero Stalin optó en 1929 por iniciar una nueva “revolución” que propugnaba la industrialización forzada, lo cual condujo a un enorme despilfarro de recursos y a una oleada de violencia que se reforzó todavía entre 1937 y 1938, cuando el pánico a la supuesta amenaza de una conjura interior, en complicidad con un ataque externo, costó la vida a más de setecientas mil víctimas.

Aunque los sucesores de Stalin no volvieron a recurrir al terror en esta escala, conservaron un miedo a la disidencia que hizo muy difícil que tolerasen la democracia interna. Consiguieron así salvar el régimen soviético, pero fue a costa de mantener un estado opresivo y de la renuncia a avanzar en la construcción de una sociedad socialista.

A pesar de todo, en el resto el mundo la ilusión generada por el proyecto leninista siguió animando durante muchos años las luchas de quienes aspiraban a realizar la revolución, lo cual ayudó a la socialdemocracia en su tarea de combatir la expansión de las ideas revolucionarias con una política de reformas que hizo posible que entre 1945 y 1975 se viviesen en el mundo desarrollado lo que los franceses llaman “los treinta años gloriosos” en que el crecimiento económico estuvo acompañado por un grado de igualdad social como no se había conocido hasta entonces en la historia reciente.

A partir de 1968, sin embargo, el “socialismo realmente existente” mostró claramente sus límites como proyecto revolucionario, cuando en París renunció a implicarse en los combates en la calle, y cuando en Praga aplastó las posibilidades de desarrollar un socialismo con rostro humano. Perdida su capacidad de generar esperanzas, dejó también de aparecer como una amenaza que inquietase a las clases propietarias de “occidente”, lo cual las permitió retirar las concesiones que habían hecho hasta entonces, al tiempo que la socialdemocracia se acomodaba a la situación y aceptaba plenamente la economía neoliberal.

En los años ochenta, en momentos de crisis económica y de inmovilismo político, los ciudadanos del área controlada por la Unión Soviética decidieronque no merecía la pena seguir defendiendo el sistema en el que habían vivido durante tantos años. El testimonio de un antiguo habitante de la Alemania oriental que hoy vive en Estados Unidos ilustra acerca de la naturaleza de este desengaño. Sabíamos entonces, afirma, que lo que nuestraprensa decía sobre nuestro país era un montón de mentiras, de modo que creímos que lo que decía sobre “occidente” era también mentira. No fue hasta llegar a Estados Unidos que descubrió que era verdad que había mucha gente en la pobreza, viviendo en las calles y sin acceso a cuidados médicos, tal como decía la prensa de su país. Hubiese deseado, concluye, haberlo sabido a tiempo para decidir qué aspectos de las sociedades de occidente merecía la pena adoptar, en lugar de permitir a sus expertos que nos impusieran la totalidad del modelo neoliberal. 

Una reflexión como esta debería servirnos de advertencia en estos días, cuando la mayoría de las evocaciones del centenario de la revolución que se publiquen van a ser enteramente negativas, fruto de cien años de lavado del cerebro de una propaganda hostil, animada todavía hoy por el interés en ocultar todo lo que pueda haber de positivo en su legado. La alternativa no puede ser la defensa a ultranza, sino un análisis objetivo -no digo desapasionado, porque no es posible eliminar la pasión en algo que trata de la vida y el bienestar de los seres humanos- con el fin de rescatar lo que siga siendo válido de sus aciertos y evitar caer de nuevo en sus errores.