martes, 18 de julio de 2017

100 AÑOS: Reflexiones sobre las revoluciones de 1917


Por CÉSAR ROA

La mirada del triunfador no suele conducir a una comprensión más cabal de la historia. Para quien se encuentra poseído por la creencia de que los individuos, clases sociales o naciones más merecedores del éxito han ganado la partida, el pasado aparece exclusivamente como el escenario en el que los vencedores van perfilándose y derrotando progresivamente a sus rivales hasta la apoteosis final del presente. La historia queda degradada al relato de la marcha victoriosa de las actuales clases dominantes sobre los obstáculos que ocasionalmente han intentado frenarla. 

Dentro de esta perspectiva, las revoluciones sociales que una vez se alzaron contra el orden social ganador se ven caracterizadas como esfuerzos vanos condenados al fracaso que sólo han logrado detener una evolución que ya venía dictada por las leyes inapelables de la historia. Para un mundo en el que reina indiscutida la hegemonía del capitalismo más depredador, las revoluciones rusas de 1917 sólo sirven como recordatorio de las catástrofes que acechan cuando se pretende violentar el veredicto de la marcha de la historia. 


Sin embargo, las revoluciones de 1917 siguen allí y su presencia sigue despertando el interrogante de por qué se produjeron, qué es lo que llevó a masas humanas a rebelarse contra un estado de cosas y a imaginar unos futuros distintos a los que estamos viviendo. La óptica triunfalista tiende a responder a esta pregunta de una manera tajante: porque un puñado de conspiradores imbuidos de una ideología fanática supieron apoderarse del aparato del Estado, lavar el cerebro de la población y apartar a Rusia de la senda del progreso a la que iba destinada. Así, las revoluciones de 1917 no merecen ser recordadas, ni mucho menos conmemoradas, salvo como advertencia de los riesgos que anidan en todo cambio brusco de las condiciones actuales de dominación. 

El punto ciego de esta interpretación es que para explicar los acontecimientos sólo puede limitarse a los pensamientos y acciones de los grandes personajes, es decir, a una visión de la historia “desde arriba”. En otras palabras, en esta interpretación no hay cabida para revoluciones surgidas “desde abajo”, para cuestionamientos del orden vigente a partir de las acciones y proyectos de la gente común. 

Y en efecto, de eso se trataron las revoluciones de 1917 de un cuestionamiento generalizado del imperialismo y de la guerra, del trabajo y de la disciplina en las fábricas y cuarteles, de la privatización de las tierras comunales y de los procesos de proletarización de los campesinos, de la negación de los derechos políticos y culturales de las minorías nacionales y étnicas y del predominio del nacionalismo ruso, en suma, de un cuestionamiento radical de la legitimidad de los poderes tradicionales, fueran estos políticos, culturales, religiosos o familiares. Entre marzo y noviembre de 1917 mujeres, campesinos, obreros y soldados se rebelaron contra las jerarquías vigentes, no porque renunciasen a su capacidad de entendimiento y de acción, sino, por el contrario, porque las pusieron en práctica, ya que no podían dejar de constatar que lo prometido por los poderes tradicionales se daba de bruces con la cruda realidad cotidiana. 

Al partido bolchevique le tocó el papel de pilotar unos procesos revolucionarios que ya se habían desatado desde antes de la toma del Palacio de Invierno. En cierto sentido, el partido bolchevique fue instigador y tribuno y a la vez liquidador y sepulturero de las esperanzas revolucionarias. Derrotados los ejércitos blancos, el nuevo Estado tendría que reconstruir una economía destrozada y al mismo tiempo disponer de un potencial militar con el que disuadir y llegado el caso repeler agresiones externas de los países vecinos. Así, la industrialización de la Unión soviética tomó prioridad frente a proyectos más utópicos que habían eclosionado en los años revolucionarios. Para ello, las nuevas autoridades soviéticas dirigieron la vista a los modelos económicos, organizativos y tecnológicos que supuestamente auguraban un rápido desarrollo industrial. 

Siendo la URSS un territorio principalmente agrario de pequeñas explotaciones tendentes al autoconsumo, de métodos de cultivo rudimentarios y de gestión y propiedad comunitaria de la tierra, el liderato soviético de finales de la década de 1920 creyó encontrar la panacea para la modernización de la agricultura (y a la postre del resto de la economía) en las grandes explotaciones de Estados Unidos, en concreto en las fincas del empresario Thomas Campbell de Montana, unas fincas de grandes dimensiones que aplicaban métodos de cultivo, recolección y trilla estandarizados y altamente tecnificados. En 1928, Stalin decidió trasladar los esquemas de Campbell al campo soviético porque prometían un extraordinario aumento de la producción de trigo, con el que generar excedentes para la exportación y para el abastecimiento de unas ciudades en rápida expansión. 


Paradójicamente, el modelo de grandes explotaciones agrarias acarreaba también unos problemas graves (como iban a padecer los propios Estados Unidos durante la década de 1930) que sus deslumbrados defensores no querían percibir. Uno básico era que a mayor extensión del terreno, mayor la variabilidad de la calidad de los suelos y menor la idoneidad de la aplicación de los mismos métodos estandarizados sobre un mismo territorio. La brutal transformación del campo soviético durante el primer plan quinquenal, la resistencia de los propios campesinos a abandonar sus modos de vida tradicionales, el sacrificio del ganado como medio de protesta, la insuficiente dotación de tractores, la apresurada (y deficiente) formación de los cuadros técnicos, la rígida fijación de objetivos cuantitativos y el desconcierto ante su persistente incumplimiento, las sequías de 1931 y 1932 y, no menos importante, la obcecación en que los métodos de producción industriales eran perfectamente trasladables a la agricultura y que su fracaso sólo podía deberse a la mala fe o al sabotaje se conjugaron en crear una tragedia humana de terribles dimensiones. 

Pero las catástrofes de la industrialización de la agricultura no son atribuibles a los sueños y esperanzas revolucionarias de 1917, sino más bien a su olvido y a su reemplazamiento por una fe ciega y acrítica en el poder de las tecnologías industriales más sofisticadas como solución a todas las contradicciones políticas y sociales que atraviesan los pueblos que buscan su propia senda en un mundo inmerso en una despiadada lucha darwiniana entre países y empresas. 


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