martes, 18 de julio de 2017

100 AÑOS: El Estado y la Revolución de Octubre


Por JOSE LUIS DE ZÁRRAGA

Fontana abre un abanico muy amplio de temas sobre la revolución rusa y el desarrollo de la sociedad soviética. En este centenario tendremos ocasiones para discutir todos esos temas, que no son cuestiones históricas que se agotan en sí mismas sino punto de partida fundamental para reflexionar y debatir sobre la construcción del socialismo. Pero para empezar, sería bueno fijar la atención en el acontecimiento que ahora se conmemora: la revolución soviética de octubre de 1917 y su desarrollo inicial en los años críticos de 1917 a 1923, el periodo que va desde la toma del poder hasta la desaparición de Lenin, en el que se consolida el poder de los bolcheviques en medio de la catástrofe, primero, de la guerra civil y las intervenciones extranjeras y, luego, del hambre y la crisis económica. 


Volver la vista sobre algo sucedido ya hace un siglo no es una desviación inútil de los problemas actuales. En 1917 se inicia un movimiento que, a través de ciclos de luchas muy distintas en su naturaleza, continúa hoy en el rechazo de la sociedad de dominación y explotación, y en el intento de encontrar vías para construir una sociedad distinta, otro mundo. Es necesario volver la vista sobre la revolución de 1917 porque la batalla sobre la historia, sobre su memoria y su interpretación, es fundamental: es un objetivo estratégico de las clases dominantes borrar la memoria de las luchas emancipatorias e implantar de ellas y de sus vicisitudes y fracasos una interpretación que las descarte como alternativa viable; y, frente a ello, ha de ser tarea fundamental de las clases dominadas la recuperación de la memoria y la interpretación justa y el aprendizaje de las luchas emancipatorias históricas. 

En este caso, además, hay que evitar el error, en el que se ha caído tanto desde la derecha como desde la izquierda, de una interpretación del curso de la revolución bolchevique que sitúe la clave de sus problemas en la personalidad maligna de Stalin: si el stalinismo fue posible no es porque Stalin se hiciera con todo el poder, sino que Stalin se hizo con todo el poder y se desarrolló el stalinismo por errores y circunstancias que hunden sus raíces políticas, ideológicas y socioeconómicas mucho más allá de su personalidad y que hay que analizar correctamente si se desea extraer lecciones de la experiencia de la revolución soviética. 

La primera ‘lección’, que se repetirá infinitas veces luego hasta hoy mismo, es que ante un movimiento revolucionario, las clases dominantes responderán siempre con una guerra sin cuartel, que utilizarán todos los medios –pacíficos y violentos, legítimos e ilegítimos- para abortarlo. El primer objetivo, si el movimiento revolucionario llega a acceder al poder, será su aniquilación, aun a costa de la destrucción de toda la infraestructura económica y de los millones de muertos que sean necesarios para ello. Así, en Rusia, entre 1918 y 1920, con la guerra civil y con las intervenciones militares tanto de las potencias aliadas como de germanos y polacos. 

Una vez fracasados todos los intentos de derrocar por la fuerza el poder soviético, el objetivo estratégico de sus enemigos será hacer fracasar la revolución, impedir que pudiera alcanzar sus objetivos mínimos, con boicots y bloqueos que se inician ya en 1918 y que continuarán a través de guerras frías y calientes tanto tiempo y con tanto coste como fue necesario. 

Por la continuidad entre la Revolución ‘democrática’ de Febrero y la de los Soviets de Octubre, fue una cuestión política central de aquel proceso en sus años iniciales la de la relación entre los objetivos democráticos y los socialistas, con lo que se venía a plantear por primera vez en la práctica la cuestión de la relación entre Democracia y Socialismo. Dejando a un lado los condicionantes concretos de aquella coyuntura y considerando la cuestión desde nuestra perspectiva, este es sin duda el punto en el que la elaboración teórica y la práctica bolchevique durante aquellos primeros años son más discutibles, de las que se derivarán luego graves errores teóricos y desviaciones ideológicas fatales en los años del stalinismo. La cuestión no son las prácticas autoritarias y centralistas de aquel primer periodo –que no tenían probablemente alternativa práctica viable, en las condiciones de emergencia en las que se adoptaron-, sino su conversión en principios teóricos e ideológicos de la construcción del socialismo, convirtiendo un mal necesario en bien deseable, la necesidad viciosa en virtud. 

Otra cuestión sobre la que la revolución soviética ofrece materia fundamental de análisis –que se mantendrá viva desde entonces hasta ahora, aunque en diversas formas- es la subsistencia de relaciones sociales capitalistas –económicas e ideológicas- en el marco de transformaciones políticas revolucionarias y coexistiendo con ellas, y la necesidad –y la dificultad- de sustituir las relaciones de explotación y dominación por nuevas relaciones sociales. 

Hay que decir, sin embargo, que, si nos centramos en el periodo revolucionario hasta la muerte de Lenin en 1924, la revolución soviética, con todos sus errores, realizó en muy pocos años la mayor y más profunda transformación social que ha visto la historia. No puede decirse –como Fontana dice- que “en el verano de 1918… se estancó el programa de transformación social iniciado en 1917”. Por el contrario, ese programa, aunque con las modificaciones impuestas por las condiciones de la coyuntura, se concretó y se aceleró al máximo. Entre 1917 y 1920, forzados por las circunstancias, las transformaciones sociales en Rusia fueron más extensas y profundas de lo que nunca se había pensado que pudieran ser. 

Dice también Fontana que la revolución rusa renunció al ideal leninista de abolición gradual de todos los mecanismo de poder del estado; pero hay que decir que, al menos en esos primeros años, Lenin y los bolcheviques hicieron muchos esfuerzos por no renunciar a ese ideal, manteniéndolo y defendiéndolo pese a lo utópico e irreal que patentemente era, aunque se viesen forzados por las circunstancias a aplazarlo. Y no es que los bolcheviques se escudasen para ello en la necesidad de defender la revolución de sus enemigos, sino que no les quedaba otro remedio que ese, les gustara o no, para defender la revolución. 

Una cuestión más general y abstracta, aunque no menos importante, que la experiencia de la revolución rusa plantea es la de la relación entre teoría y práctica, entre posiciones ideológicas y posicionamientos pragmáticos. Es esta una cuestión fundamental porque en la base de la crítica a la sociedad capitalista y de la construcción de una sociedad socialista está un análisis teórico de sus estructuras políticas y económicas y una ideología de rechazo de aquella sociedad. La articulación entre estos análisis y esa ideología, por una parte, y, por otra, las políticas y la estrategia del cambio hacia una sociedad socialista en las condiciones objetivas en que haya de producirse plantea unos problemas extremadamente complejos que, por primera vez (y en las peores condiciones) se enfrentan en Rusia en 1917. Pero, simplificando al máximo, mi opinión es que los bolcheviques, entre 1917 y 1923, en las condiciones a las que se enfrentaron hicieron todo lo posible por orientar su estrategia y sus acciones de acuerdo con el análisis teórico marxista y, sobre todo, por ser fieles a su ideología revolucionaria. Y que, a diferencia de sus críticos social-revolucionarios, mencheviques y de la oposición obrera, comprendieron que los conceptos teóricos han de aplicarse a las condiciones de la realidad y no ignorarlas, y la ideología ha de guiar la acción, no inhibirla.


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